miércoles, 22 de octubre de 2014

34. El enemigo al habla

Leandro Hoffman-Sanz. Monje pronunció su nombre entre toses y lágrimas, con la voz tan aplastada como su tráquea. Antes de irme le recomendé que pidiera una ambulancia para su guardaespaldas.
Si había sacado algo en claro es que a Hoffman le gustaba mucho tirarse a Angelina, tanto como para llevársela a su casa, o a una de sus propiedades, y que era un tipo muy peligroso. Demasiado, de hecho, para tratarse de un simple agricultor venido a más. Mientras caminaba a grandes zancadas, de vuelta a comisaría para recoger mi coche, intenté poner en orden mi cabeza. ¿Cuál era el plan? Ninguno. Sólo quería infringir dolor. Y mucho. No podía pensar en detenciones, en interrogatorios… Me daban exactamente igual el caso, las conspiraciones y la madre que parió a Ocaña. Quería salvar a Sonia Lara, ojo, pero a estas alturas de la historia, y si he de ser sincero, el pensamiento más lúcido que tenía era que quería aplastarlos a todos. A tomar por el culo la profesionalidad, la templanza y la racionalidad. Que el cráneo de tu compañero estalle ante ti y los trozos de su cerebro se te metan en la boca tiene que servir como atenuante ante la ley.
Sonó el teléfono móvil. Número oculto, claro. La llamada del malvado.
—Señor Laespada —dijo con voz tranquila. Quien hablaba no estaba nervioso, ni preocupado—. Ya sabe lo que quiero y lo que haré si no lo obtengo. ¿O tengo que recordárselo?
—¿Qué garantías tengo de que Sonia Lara está viva?
—Oh, lo está, no se preocupe. No le hemos tocado un pelo. No mucho, por lo menos. Es muy caballeroso por su parte preocuparse de la mujer, pero no olvide que la vida de todos sus compañeros depende de usted. Todo puede acabar con un simple intercambio, o con un cráter humeante repleto de cadáveres —la voz amenazaba con el mismo tono con el que pediría una pizza. Aquella frialdad me producía escalofríos—. Esto no es un juego, inspector. Puedo hacerlo, y lo haré.
—Sé quién es usted —dije.
—Sabe quién soy. Bien, creo que eso no cambia nada.
—En cuanto esto acabe, iré a por usted.
—En cuanto esto acabe, usted estará muerto, señor Laespada. La única decisión que tiene que ponderar es si desea salvar algunas vidas antes de caer, o morir con todo el equipo. De un modo u otro, no puedo permitirle vivir.
—¿Por qué sé demasiado?
—Usted no sabe nada, no se equivoque. No es más que un cabo suelto —creí escuchar una risa sorda—. Ya ve, uno comete un desliz y, de repente, todo se va a la mierda. Supongo que era de esperar cuando de por medio hay un idiota como Ocaña. Cúlpele a él del estado actual de las cosas. O a la mala suerte, si lo prefiere. El caso es que aquí estamos ambos, uno a cada lado del teléfono, pero sólo yo tengo la sartén por el mango. O el dedo en el gatillo, si lo prefiere. Pero estamos hablando demasiado para no decir nada interesante.
—Desde luego. Venga, suéltelo de una vez.
—Dentro de un rato recibirá un mensaje con la dirección a la que tiene que ir con mis documentos. Dispondrá de cinco minutos a partir de entonces para llegar al punto de encuentro. Si se retrasa, si aparecen otros policías, si los papeles no son auténticos, en definitiva, si intenta pasarse de listo, habrá una gran explosión. Luego haremos filetes a Sonia Lara y se los iremos enviando diariamente por correo, como si fueran fascículos de una enciclopedia. Y cuando ya no nos quede carne que cortar, iremos a por usted.
—Lo tendré en cuenta.
—Le diré algo sobre mí que sí debería saber, señor Laespada. Nunca hablo en balde. Le aconsejo que se dé una vuelta por la sala de autopsias y mire lo que queda su compañero para cerciorarse.
Colgó.
Parece que al final sí que logré sacarlo un poco de sus casillas. Y a mí me iba a dar un infarto si no aflojaba el paso. Me dolían los puños de tanto estrujarlos. Me detuve a respirar profundamente. Miré a mi alrededor. Albaville era un mal sitio, pero no sabría decir si tan malo o peor que Albacete. Quizá sólo eran el mismo perro con distinto collar. Y ahí estaba yo, un incómodo invitado de otra dimensión, sufriendo la muerte de alguien que ni siquiera existía en mi realidad, dejándome arrastrar por la ira en un mundo que no era más mío que el cielo sobre mi cabeza. Podía relativizarlo todo, dejarlo correr, a fin de cuentas, un día de estos despertaría de nuevo en mi mundo y todo esto no sería más que un mal sueño.
Pero lo que estaba mirando en derredor no me lo permitía. Las personas que caminaban a mi lado, que conducían, que vivían sus vidas, eran reales. Existían en un aquí y ahora ineludible, tanto como yo, o el bueno de Wissemann hasta hacía unas horas. Como también existía el Mal, encarnado en ese momento por Leandro Hoffman-Sanz y sus miserables planes. La Mahou de Albaville era roja, pero también lo era la sangre de sus habitantes, y se estaba derramando impunemente por culpa de un cerdo sin escrúpulos. En conciencia, no podía permitirme el lujo de quedarme encerrado entre cuatro paredes, como hacía el Portugués, para negar el contexto. Y si éste estaba cambiando, tirando a negro, con asesinos y dinosaurios, debía aceptarlo y apechugar. Porque igual que un hijoputa es un hijoputa en cualquier dimensión en la que esté, también yo era yo.
Así que seguí andando.

miércoles, 15 de octubre de 2014

33. Aprietos

—Tengo un revólver para usted.
Bastaron estas palabras para que Monje me abriera las puertas de las oficinas de apartamentos 22. El proxeneta estaba entre cabreado y aterrorizado. Conocía de sobra lo que acababa de ocurrirle a Wissemann y debió presuponer que mi presencia no podía significar nada bueno. Pero quería la pistolita de plástico del sheriff, y a pesar de todo, estaba dispuesto a recibirme. Su gorila se había esfumado, aunque supuse que no debía andar muy lejos.
Monje, con su cara congestionada en un ceño fruncido, se asemejaba más que nunca a un abad dominico preocupado por las misteriosas muertes de sus correligionarios. Le apunté con el arma del playmobil y sus ojos destellaron de deseo.
—¿Quién es Angelina?
—¿Eh?
—En la lista que le pasó a mi compañero no aparece. Usted se la pasó a Ocaña al menos en tres ocasiones. Ahora mi compañero está muerto. Angelina. ¡Espabile, joder!
—Sí, claro… —Monje dio un respingo, pero no apartaba los ojos del mini revólver—. Espere un segundo… Debe referirse a Miguela. Miguela Ortiz, estoy seguro de que la incluí en el listado que me pidieron… Le llaman Angelina porque se parece mucho a Angelina Jolie, pero su nombre real es Miguela… No vive aquí, es de un pueblo de Murcia, ahora no recuerdo cuál. Trabaja toda la zona de Levante. Miguela Ortiz, inspector… Su teléfono, deje que lo mire un momento…
Busqué en el bolsillo de la chaqueta la hoja con las de prostitutas de Wissemann y busqué ese nombre. En efecto, ahí tenía a la tal Miguela y su número de móvil. Mientras Monje tecleaba en su ordenador, marqué aquellos dígitos en el teléfono de Wissemann. Estaba apagado. O fuera de cobertura. O quizá en el fondo de una zanja junto a un cadáver.
—¿Trabaja ella por su cuenta? —pregunté, disparando a ciegas—. ¿O tiene que rendirle cuentas a usted siempre que viene a Albaville?
—¿Quiere decir si Angelina viene a la ciudad a trabajar por libre? No lo creo. Ella está en plantilla, por así decirlo, de la organización. Va donde la mandan. Supongo que podría hacerlo, pero no le convendría…
—¿Organización? Traficantes de personas, más bien. Los chuloputas que se creen empresarios como usted me dan arcadas —estaba subiendo la voz, y tuve que esforzarme por contenerme y no hacerle tragar la puta pistola de juguete—. Pero al menos me va a ser útil hoy. ¿Cómo funciona esto? ¿Alguien le llama y le pide una puta en concreto, y usted avisa a otro mierda como usted, y se la envían, o qué?
—Algo así, sí… — Monje temblaba—. En casos muy concretos, y sólo con determinados clientes.
—Genial. Entonces, seguro que tiene en ese cacharro una base de datos con todos los trabajos que ha hecho Angelina en Albaville, ¿a que sí?
Ya no miraba el arma del muñeco, sino a mí, y lo que veía en mi cara lo acojonaba hasta el punto de hacerle estremecerse como un plato de gelatina en una hormigonera. Tuvo que introducir el nombre de Angelina, o Miguela, en su ordenador hasta tres veces para hacerlo correctamente.
—Aquí…
—Imprímalo, joder.
El ruido marciano de la inyección de tinta sobre el folio llenó todo el despacho, generando un malsano suspense. Noté la presencia del guardaespaldas de Monje detrás de mí, pero no se acercó. Traje Gris mantuvo las distancias y permaneció junto al quicio de la puerta. La máquina vomitó el papel impreso y Monje me lo alargó con su temblequeante mano. Me senté en una de las sillas que había frente al escritorio del proxeneta, y saqué la agenda de Ocaña para cotejar las fechas. En efecto, estaban las tres visitas al piso, que Monje había identificado simplemente con una «O», junto a la dirección del piso franco y las cantidades (de tres cifras) que había cobrado por cada servicio. Había una cuarta cita, también en la ciudad, aproximadamente un mes después de la última, sin más datos que otras señas y un pago más que generoso.
—Inspector… —balbuceó Monje.
—Este último trabajo. Quién es.
—No… No lo sé.
—Y una mierda. ¿No acaba de decirme que éste es un servicio sólo para ciertos clientes? Clientes VIP, supongo. Tipos que pueden permitirse estos precios… No me lo trago, Monje.
—Mire, inspector Laespada. Si se lo digo, mañana a estas horas estaré muerto —Monje estaba aterrorizado. Un terror genuino, profundo, oscuro, superior a sus ansias de coleccionista y al miedo que yo podía infundirle—. Todos en esta oficina estaremos muertos. Puede que ya esté condenado sólo por imprimirle esa hoja…
Me guardé todos los papeles. Dejé el revólver de plástico encima de la mesa y me puse en pie. Cogí el pisapapeles que Monje tenía delante del teclado —una especie de semiesfera de mármol rosado— y, con un giro de cintura, se lo lancé a la cabeza a Traje Gris. Acerté de lleno. El guardaespaldas, inconsciente, cayó fulminado de espaldas contra la pared. Antes de que tocara el suelo ya había agarrado por el cuello a Monje y lo había atraído hacia mí por encima del escritorio, derribando el monitor y la mitad de los enseres que había en el tablero.
Su cara se amorató en apenas unos segundos. Sus babas salpicaban mis manos entre jadeos, pero no aflojé la presa. Pataleaba, cada vez con menos fuerza, en tanto sus ojos se desorbitaban, incrédulo. Se meó encima. Yo tenía los dientes tan apretados que notaba cómo empezaban a astillarse.
—Escucha bien, hijoputa —mascullé—, vas a decirme quién es el putero, o te juro que te mato, aquí y ahora.
Monje parpadeó a modo de asentimiento.
Ya dije que estaba muy furioso.

miércoles, 8 de octubre de 2014

32. Google lo sabe

Quién había hecho esto. Era la pregunta del millón que se hacían todos. Como era de esperar, no se encontró ni rastro del tirador. Toda la ciudad estaba en alerta, acojonada ante la posibilidad de que una bala podía saltarte la tapa de los sesos en cualquier momento. La noticia irrumpió en todos los medios, desatando millones de especulaciones de todo tipo. Se preparaban ruedas de prensa y operativos de busca y captura; se movilizaba a todo dios. Los teléfonos no cesaban de sonar en comisaría, mientras se sucedían las carreras por los pasillos, de un despacho a otro, como si el edificio fuera un hormiguero en llamas. Pero nadie sabía nada y yo no pensaba abrir la boca porque quería la venganza para mí solo.
Una vez se cercioraron de que no estaba herido, me dejaron adecentarme —alguien me dejó una camiseta— y volver a mi mesa, donde me olvidaron durante un buen rato. Mi móvil no dejaba de sonar, así que lo apagué. En oleadas, vinieron primero a verme, como si fuera un animal exótico. Tardaron en dirigirme la palabra, o quizás yo no había podido oírles antes. Fueron muy amables conmigo antes de interrogarme por lo sucedido. Creo que contesté mecánicamente, sin revelar nada del caso ni mencionar a Hoffman-Sanz. Estuvimos así una hora, hasta que el comisario Ruescas me ordenó que me fuera a casa. Javi Molina, Rastreator, logró hacerse un hueco entre mis interrogatorios, y le susurré al oído que lo borrara todo, aunque supuse que lo había hecho nada más saber que a nuestro común amigo le habían volado la cabeza. Esperaba que el miedo lo mantuviera con la boca cerrada, al menos durante el tiempo necesario para permitirme trazar un plan.
Por un momento, consideré la posibilidad de contactar con Diana Preston y sus mariachis de la Sección 71 —tenía al menos una veintena de llamadas perdidas suyas antes de desconectar el aparato y meterlo en un cajón—, pero supuse que ellos debían andar también como pollos sin cabeza ante los últimos acontecimientos. Estaba seguro de que serían ellos los que vendrían a mí con más preguntas en breve. Hasta entonces, revelarles mi interés por Hoffman-Sanz sólo me podría las cosas más difíciles, así que, por el momento, seguiría atesorando ese nombre sólo para mí.
Había que estar muy desesperado para llamar así la atención. El secreto que ocultaba Hoffman-Sanz debía de ser muy valioso, pero yo sólo tenía la palabra «indeterminado» para justificar aquel acto brutal y sanguinario. Indeterminado significaba que el detector de reptilianos había fallado hasta tres veces con él. Pero Ocaña apuntaba como negativo los resultados que revelaban que el sujeto era simplemente humano. Así que, o aquel mejunje no funcionaba con Hoffman, o éste no era ni humano ni reptiliano.
En lugar de ir a casa, cogí un taxi y fui a la biblioteca. En sus ordenadores, libres del troyano que boicoteaba nuestros equipos, indagué acerca del fulano de mis desvelos.
Ahí estaba, en internet, Leandro Hoffman-Sanz. 62 años, natural de Badama (Albaville). Empresario agrícola, propietario de una de las mayores fincas de la provincia dedicada al cultivo de cereales. Consejero de la Caja Rural, de la principal aseguradora rural de la región y de algún organismo más siempre en relación con el sector agrícola, además de vicepresidente del Consejo de Administración del Consejo Agricultor de Castilla-La Mancha (CACM). Con varios premios institucionales en su haber, pero sin destacar demasiado, mantenía un perfil medio-alto que tanto gusta a los reptilianos. Todo un prohombre al que parecía imposible achacarle un secuestro y un asesinato. La única noticia, que no era tal, en su contra era un artículo de opinión en un blog ecologista sobre la estrecha relación entre el CACM y la Corporación Monsalvo, dedicada a los transgénicos. Según el autor del texto, el Consejo Agricultor promovía desde hacia cinco años entre los agricultores de la región los programas de mejoramiento de cultivos resistentes a los herbicidas y las plagas diseñados por la polémica corporación americana, y daba como dato que el propio Hoffman-Sanz dedicaba la mayor parte de su producción a este tipo de cultivos.
Todo aquello no tenía demasiado sentido para mí. Miraba las fotografías de Hoffman y sólo veía a un empresario que se conservaba bien, a pesar de la calvicie y las gafas, que no ocultaban un brillo de inteligencia en sus ojos. Tenía el dinero necesario para pagar lo que quisiera, incluidos unos sicarios sin miedo a secuestrar a una sospechosa, ni a disparar frente a una comisaría de policía y poner en alerta roja a toda una provincia, desde luego, pero me costaba imaginar cómo lo habría hecho.
Tampoco entendía qué le habría llevado al piso de Ocaña hasta en tres ocasiones. «Angelina», decía el cuaderno del subcomisario. Si esa Angelina era su debilidad, quizás pudiera aprovecharme de ello. Wissemann había estado investigando las prostitutas que Monje le cedía a Ocaña, si ésta estaba en la lista tenía medio camino hecho. Eso, si seguía con vida, porque visto que Hoffman-Sanz parecía dispuesto a eliminar todos los cabos sueltos, cabía la posibilidad de que la chica no fuera más que pasto de los gusanos a estas alturas.
El tiempo estaba en mi contra, así que corrí.