miércoles, 1 de octubre de 2014

31. El ruido y la furia

La cara de pájaro de Wissemann estalló ante mis ojos. No oí el disparo, pero sentí la bala silbar a mi lado después de atravesar la cabeza del pelirrojo. Una abrasadora mezcla como metralla de cerebro, esquilas de cráneo, dientes, sangre, trozos de lengua, parte de la nariz y un globo ocular me golpeó por entero. Me tiré del banco a tierra, mientras el cuerpo decapitado de Wissemann se tambaleaba, sin decidirse a caer. Tenía la mitad de su cara en mi cara, un macabro emplaste cálido y dulzón que apenas me dejaba entreabrir los ojos. Los intestinos y la vejiga de Wissemann se vaciaron de golpe, oscureciendo los pantalones. Por fin, las rodillas cedieron y el cuerpo se derrumbó sobre un costado, gorgoteando plasma escarlata como una fuente.
Un francotirador.
Estaba aterrado. A punto de cargarme también encima. Mi mano llegó a la pistola. Agudicé el oído, pero no escuché nada. Me incorporé de un salto, corrí hacia la izquierda, buscando la cobertura de los árboles. Nadie me disparó. Grité. Grité como loco a todo el mundo que estaba por los alrededores. La gente echó a correr, supongo que más acojonados por un tipo armado y cubierto de grumos sanguinolentos que por la posibilidad de que hubiera un francotirador apostado en alguna parte. Me limpié con la manga, extendiendo los restos de Wissemann por más partes de mi anatomía. No veía nada sospechoso en los balcones de enfrente ni en los tejados. Tampoco veía ningún furgón ni nada parecido.
Algunos compañeros corrían hacia mí, ignorando el peligro. Me giré para advertirles, pero entonces me di cuenta de que me estaban apuntando con sus armas reglamentarias. Creían que yo le había disparado a Wissemann. Solté el arma y levanté los brazos. Sólo hubiera faltado que un poli me pegase un tiro.
El móvil de Wissemann comenzó a sonar.
A uno de los agentes que venía hacia mí fue alcanzado en una pierna.
—¡Francotirador! —grité con todas mis fuerzas.
El otro policía fue más inteligente. Frenó en seco su carrera y se arrojó cuerpo a tierra. Esperé que se le ocurriera informar por radio. Yo volé hacia el cadáver de Wissemann y busqué en sus bolsillos el teléfono, que no dejaba de sonar. El aire se llenó del olor metálico de la sangre y de los alaridos de las sirenas.
Hubo otro disparo. Éste sí que se oyó muy bien. Un taponazo seguido de una rama de platanero que cayó al suelo a mi espalda. El francotirador debía haber quitado el silenciador. Estaba avisando a los demás de su presencia, manteniendo a raya al resto de policías.
Estaba dándome tiempo a contestar.
—¿Sí? —dije, notando cómo tenía algo en la boca, polvo o quizás un trozo de mejilla de mi colega.
—Señor Laespada, no tenemos mucho tiempo. Ya ve que esto va en serio. Quiero los papeles de Ocaña. Sin juegos, ni trampas, ni hostias. Los papeles y todas las copias que hayan hecho. Todo. Si no mataré a Sonia Lara de la forma más terrible que se me ocurra, luego volaré la comisaría con todos dentro y después iré a por usted. Le haré desear haber sido usted el muerto de hoy. Volveré a llamarle dentro de una hora.
Y colgó.
Aguanté cinco minutos tirado sobre el cuerpo sin vida de Wissemann, luego me incorporé y volví a buscar al francotirador, pero éste debía haberse ido en cuanto quien fuera que me había llamado dio por concluida la conversación. A mi alrededor se había desatado el caos. El tiroteo había generado un torbellino de luces y sonidos que embotaba los sentidos hasta la arcada. Resistí al vértigo del shock como pude, pero mis pulsaciones desbocadas retumbaban en mis oídos como tambores de guerra. Alguien me habló, pero no podía ver más que formas que se volvían borrosas. Una mano desconocida devolvió mi arma a su funda. Otros me condujeron hasta una ambulancia, en tanto cubrían el cuerpo de Wissemann con una manta térmica. Me hablaban, me decían cosas a las que no hice ni puñetero caso. Sólo notaba el peso del teléfono móvil de Wissemann en el bolsillo de los pantalones y apretaba los dientes hasta astillármelos.
Lo que realmente deseaba era dejarme caer en una camilla, que me inyectaran Valium en vena hasta dejarme sumido en un profundo sueño durante una semana, o diez días. Aunque, claro, no podía ser. Y no porque me importase mucho la amenaza del tío del móvil —supongo que sería Hoffman-Sanz—; por mí podían darle mucho por saco a Sonia Lara, a Albaville y a toda esta puta dimensión de tarados. Pero, joder, tenía la mitad de la cabeza desmigada de mi colega encima de mí, mezclándose con mi ropa, mi sudor, mi saliva, con el aire que respiraba… No, era porque estaba furioso. No simplemente cabreado. Furioso a nivel Hulk. Furioso a nivel diccionario. 1. adj. Poseído de furia. 2. adj. Loco, que debe ser atado o sujetado. 3. adj, Violento, terrible.
FU-RI-O-SO.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

30. Vulnerables

Abandonamos a Rastreator con el problema de la vulnerabilidad de nuestra red y la posibilidad de que hubiera cientos —o miles— de casos comprometidos, tras asegurarnos de que nada podía hacer para descubrir el origen del troyano o el destino de la señal de alarma de nuestro Leandro Hoffman-Sanz. Haría falta mucho tiempo y presupuesto para investigar, evaluar los daños y reparar convenientemente el sistema. Cuando nos fuimos de su despacho el teléfono y su cabeza echaban humo.
En cuanto a nosotros, dejamos el coche donde estaba y nos fuimos andando hasta un banco del parque, enfrente de comisaría. De nuevo, fui el único que se sentó. Wissemann estaba demasiado excitado para relajar las nalgas contra la sucia madera.
—Leandro Hoffman-Sanz —dijo.
—¿Quién es?
—El responsable de todo este asunto de mierda, supongo. —Wissemann estaba rabioso—. Necesito verbalizar lo que se me está pasando por la cabeza, ¿te importa escucharme para ver si todo esto tiene algún sentido?
—Adelante, Wissemann.
—De acuerdo. Con lo que ahora sabemos, podemos deducir la concatenación de acontecimientos que nos ha traído a este punto. Primero, yo le di una copia de la agenda de Ocaña a Rastreator. Éste lo introdujo en un programa de desencriptación. Molina encontró la clave y lo resolvió. Entonces, un virus que espía nuestros ordenadores dio con el nombre de Leandro Hoffman en el archivo e hizo saltar una alarma.
—Correcto.
—Entonces, podemos pensar que esa alarma habrá puesto sobre aviso al fulano en cuestión, por lo que éste sabrá que lo estamos investigando. Y como el documento donde sale su nombre tiene mi nombre, y yo, nosotros, como ya sabe todo Albaville, nos estamos ocupando de la muerte de Ocaña, Leandro Hoffman-Sanz debe haber deducido que él aparece en un documento de Ocaña…
—Eso creo yo. ¿Quieres ver lo que dice la agenda de él? —saqué los papeles y me puse a leer—. El subcomisario se lo llevó al piso tres veces con el cebo de una tal «Angelina». Recibió tres dosis de la guarrería de Ocaña y en ningún caso dio ni positivo ni negativo. Hoffman-Sanz es el «indeterminado». El único de toda la libreta, así que tiene que ser algo especial —De hecho, pensé, semejante anomalía brillaba en el conjunto de nombres como una luz roja en un salpicadero. ¿Pero quién y qué demonios era este fulano?
—Indeterminado. Cojonudo. ¿Qué significa eso?
—Ni idea. Pero ya sea por eso, o por las tres veces que estuvo con Angelina, supongo que lo que quiere es borrar todo rastro que lo relacione con Ocaña y su maldito picadero. Creo que ha sido él quien se ha llevado a Sonia Lara para intercambiarla por la libreta.
—Tiene lógica. —Wissemann dejó escapar un suspiro—. Pero aún no nos ha llamado.
—Quizás la haya cagado. Tal vez se haya cargado por accidente a la novia de Ocaña y ahora no sabe qué hacer.
—Pudiera ser… —asintió. Su mirada se perdió hacia la lejanía. Sin pretenderlo, seguí la dirección de los ojos de Wissemann.
Joder.
Allí estaba de nuevo.
El alosaurio.
Enorme, ceniciento, poderoso, erguido en toda su estatura sobre sus monstruosas patas traseras al otro lado de la rotonda. Olisqueaba el aire. Debía medir unos 8 o 9 metros de altura. Sus patas delanteras resultaban ridículamente pequeñas, de no ser por las negras garras, afiladas como navajas de afeitar, que coronaban sus dedos. Su larguísima cola serpenteaba en la tierra sin apenas hacer ruido. Pero lo más terrorífico eran sus ojos amarillos, malignos, cargados de inteligencia. No hay absolutamente nada en el mundo que te prepare para estar en presencia de semejante criatura. Lo único que puedes hacer es dejar que el terror atávico te inunde hasta la médula.
—Eh, Laespada, ¿estás bien? —la voz de Wissemann logró que apartara la vista un segundo del depredador. Cuando volví a mirar, un enorme camión cisterna acababa de detenerse en la rotonda, ocultándolo a mis ojos, si es que de verdad había llegado a estar ahí.
—He visto un dinosaurio ahí delante —dije sin pensar.
—Justo lo que necesitamos ahora, una invasión jurásica en Albaville… —Wissemann se rió, y yo le acompañé, como si aquello fuera el mejor chiste del mundo—. Eso va a ser el hambre, así que será mejor que te invite a comer.
—¿Y eso?
—Hombre, no podemos combatir el mal con el estómago vacío —Otto Wissemann, mi pelirrojo compañero, se esforzaba por sonreír desenfadadamente.
Entonces,
                   su cabeza
                                        explotó.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

29. Espía que algo queda

Como si no hubiera pasado nada, los tres regresamos a las calles de la ciudad. Hombre, había cierta tensión en el interior del Fiesta, pero creo que se debía más al suspense de la investigación de al hecho de que hubiéramos encañonado a un compañero de la policía. No se puede ser quisquilloso entre colegas. Aunque Rastreator —que en realidad se llamaba Javi Molina— nos guardara cierto rencor, tenía más curiosidad que Wissemann y yo por descubrir qué había pasado. Eso, y que querría quedar libre de toda sospecha. Sentado detrás, podía notar cómo su cabeza repasaba una y otra vez sus movimientos con las páginas de la agenda de Ocaña. Pero claro, si se equivocaba (o nos estaba engañando magistralmente) no íbamos a tener más opciones de forzarle a confesar nada en mitad de comisaría. De hecho, se me pasó por la mente que quizás todo se trataba de un sucio truco, y en cuanto pusiéramos un pie en el vestíbulo del edificio policial, el inspector Rastreator Molina nos echaría al resto del cuerpo encima. La cara del comisario Ruescas sería un poema.
Pero no. Pasamos como siempre. Saludamos, escuchamos los habituales cuchicheos a nuestro paso, y fuimos directos al ascensor sin que nadie diese la voz de alarma ni nos dirigieran directamente la palabra. El crimen de Ocaña no hacía más que aumentar nuestra popularidad entre los colegas. Y aunque lográsemos cerrar con éxito el caso, destruir la conspiración reptiliana y salvar a media docena de huérfanos de una casa en llamas no íbamos a recibir un trato mejor.
El despacho del informático era tan vulgar como los de los demás, aunque él sí tenía una pizarra blanca apoyada contra la pared, además de varios recortes de prensa enmarcados que se correspondían con las operaciones en las que había intervenido (pornografía infantil y fraudes por internet, sobre todo). Su ordenador estaba encendido, pero tuvo que teclear no menos de media docena de claves para poder acceder al sistema. Y siguió aporreando el teclado diez minutos seguidos, casi sin usar el ratón para nada, en el tenso silencio de la habitación. Wissemann y lo le observábamos desde el otro lado del escritorio. El pelirrojo en pie, apoyado en uno de los archivadores. De tanto en cuando se tanteaba el bolsillo interior, como asegurándose de que la libreta de Ocaña no se había esfumado. Yo, en mi condición de sujeto más visiblemente herido, me acomodé en la otra silla que había en el cuarto. Se acercaba la hora de comer, pero ninguno de los tres sentía más que un puño en el estómago.
—Aquí lo tengo —dijo Javi Rastreator—. Y, aparentemente, no hay nada extraño. Ninguna palabra clave especial…
—Eso no me gusta.
—Esperad un segundo… —desde donde estaba sentado, podía ver parcialmente el monitor. El oficial informático comenzó a abrir ventanas, a activar subprogramas, a teclear códigos alfanuméricos y, de pronto, surgieron multitud de barras de progresión.
Wissemann se acercó hasta él y miró lo que estaba pasando por encima de su hombro. Dudo mucho que entendiera lo que estaba haciendo su amigo, pero nunca está de más un poco de presión para motivar.
—¿Qué ocurre?
—Hay una subrutina que no debería existir. No en este sistema —Rastreator alzó la cabeza—. Y ahí lo tenemos. En efecto, uno de los nombres que aparece en la lista que me diste hizo saltar una alarma, alarma que no debería existir, porque esto no lo hemos hecho nosotros. El sistema está hackeado. Joder —se levantó de un salto y comenzó a deambular por su lado del despacho, angustiado—. Tengo que informar de esto inmediatamente.
—¿Por qué no te tranquilizas un momento y nos explicas qué está pasando?
—¿Que qué está pasando? Que alguien ha convertido nuestra intranet en un chivato. Dios mío… Cómo os lo diría yo, alguien ha instalado en nuestros servidores un troyano, que funciona como su propio Félix3. Ahí está la prueba. El programa peina los paquetes de datos en busca de determinados contenidos. En cuanto un policía escribe en cualquier informe, cualquier archivo, en cualquier cosa que haga por ordenador una de las palabras clave que tiene ese troyano en su lista, éste envía un mensaje de advertencia a dios sabe quién. Esto es un desastre, una catástrofe…
—Entonces, cuando tu ordenador descifró los códigos, algo de lo que ahí aparecía puso en marcha ese programa espía —dije, por ir concretando nuestro problema.
Rastreator me miraba pero no me veía. Estaba más preocupado que hacía una hora, cuando iba de camino al desguace. Wissemann le cogió, todo amabilidad, por el brazo, y el informático volvió a procesar mentalmente mi frase.
—Sí —dijo, aún extrañado por que no entendiésemos la magnitud del problema que acababa de descubrir.
—Molina, escúchame bien, por tu padre. ¿QUÉ FUE LO QUE HIZO SALTAR LA ALARMA?
Rastreator regresó a su silla, minimizó todas las pantallas menos una. Luego giró el monitor hacia mí. Ahí, en blanco sobre negro, estaba un nombre.

LEANDRO HOFFMAN-SANZ

—¿Quién coño es ese tipo? —exclamé.
—Eh, Laespada, no te lo pierdas —dijo el pelirrojo, cogiendo el ratón y clickando sobre una de las ventanas minimizadas hasta dejarla a pantalla completa—. Mira cómo llamó Rastreator a nuestro problemático archivo.
Y ahí, en blanco sobre azul oscuro, estaba otro nombre. Más familiar, esta vez.

wissemann-01