miércoles, 29 de octubre de 2014

35. Verde que te quiero verde

En comisaría me esperaban el comisario Ruescas y la Guardia Civil. Antes de entrar en el edificio inspeccioné los alrededores, repleto de curiosos que observaban el trabajo de los compañeros en el lugar donde había caído Wissemann. Cualquiera de ellos podía llevar una bomba. Cualquier coche aparcado más o menos cerca podía estar lleno de explosivos. Hoffmann podía incluso haber infiltrado a alguien dentro que ocultase las cargas. O puede que nos lanzasen un misil. A estas alturas ya me podía creer cualquier cosa. Aunque estábamos en alerta, y todo el mundo andaba poniendo la ciudad patas arriba buscando al asesino, la comisaría estaba llena de gente. Centenares de víctimas potenciales de la megalomanía del maldito «indeterminado».
No tenía ni idea de lo que querría ahora Ruescas de mí. Recordé cuando en su despacho nos esperaban Chip y Chop y temí que se tratara de otra emboscada de los del falso CNI —debían andar como locos tratando de localizarme—. Pero cuando vi al teniente uniformado de la Benemérita supe que no iban a decirme nada bueno.
—Laespada, le presento al teniente Ramos, del Equipo contra el crimen organizado de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil. Tiene información acerca de quiénes pueden ser los responsables del asesinato de Wissemann.
—¿Qué?
—Verá, inspector, lo que voy a contarle es absolutamente confidencial —el teniente Ramos estaba visiblemente incómodo. Le disgustaba estar ahí, tratar con nosotros y, sobre todo, tener que darnos explicaciones, pero debía hacerlo de todos modos—. Estamos en mitad de un complejo operativo y cualquier dato, cualquier intromisión, podría echar por tierra nueve meses de arduo trabajo. Por muy doloroso que sea, esperamos que sean conscientes de lo que está en juego.
—Al grano, por favor.
—Está bien. Las investigaciones se iniciaron el julio pasado cuando tuvimos conocimiento del secuestro durante varias horas, y posterior extorsión, de un empresario de Villarrobledo por parte de una banda de sicarios, al que durante casi un año exigieron el pago de 700.000 euros a cambio de no involucrarle en la desaparición de otro hombre, al que el grupo había asesinado en su presencia, por encargo de un tercero. Le amenazaron con inculparle del crimen, y este sujeto pagó religiosamente durante diez meses, hasta que no lo soportó más y se suicidó. La carta que dejó nos puso sobre aviso. Encontramos a la persona que encargó el asesinato, otro empresario, y hemos ido tirando del hilo hasta dar con esa banda criminal, aquí en Albaville.
»Están relacionados con varios robos con violencia, de vehículos, blanqueo de capitales, tráfico de drogas y de armas, pero su especialidad son los ajustes de cuentas y la extorsión a empresarios de toda la provincia. Sabemos que se han dedicado a grabar conversaciones comprometidas, tanto en el terreno laboral como personal, de reconocidos empresarios, y hasta puede que tengan imágenes de sus objetivos obtenidas en el club de alterne que el grupo tiene como centro de operaciones a las afueras de la ciudad. Creemos que la banda está formada al menos por dos españoles, dos puertorriqueños y dos ucranianos. Son extremadamente peligrosos y violentos. Estamos seguros de que varios de ellos tienen formación militar y un largo historial delictivo en sus países de origen.
—Esto es demencial…
—Es tan grave, y tan real, como suena, inspector Laespada
—Lo que me parece más demencial es que nosotros no supiéramos nada —replicó Ruescas, indignado—. ¿De qué va esto? No entiendo por qué nos han hecho luz de gas.
—Comisario, le aseguro que no ha sido decisión mía —Ramos carraspeó, incómodo—. Pero es un asunto muy delicado. Nos está costando muchísimo recabar pruebas sólidas; las víctimas temen por sus vidas y no quieren verse implicadas, y cualquier intento de acercamiento por nuestra parte podría desembocar en una carnicería. Pero estamos cerca, muy cerca, y quizá el atentado de esta mañana haya sido su mayor error hasta la fecha. En estos momentos el juzgado y la Fiscalía contra el Crimen Organizado deben estar a punto de ordenar el asalto al club, así que les garantizo que la muerte del inspector Otto Wissemann no habrá sido en balde.
—¿Qué mierda de justificación es esa? —el comisario estaba muy cabreado—. ¿Creen que no sabemos hacer nuestro trabajo? ¿O acaso no se fían de nosotros?
—Bueno, hay indicios…
—¿Indicios? ¿De qué? ¿Qué cojones está insinuando?
—No se ofusqué, Ruescas. Verá, si hasta ahora no hemos intervenido también ha sido porque desconocemos la identidad del intermediario. Sabemos que existe, que reside en Albaville, y que probablemente sea un empresario. Él es el responsable de poner en contacto a clientes y sicarios, y tan culpable de la muerte de su compañero como el ejecutor. Sospechamos que tiene que ser alguien importante, relevante, y con muchos contactos, incluso dentro de su propia comisaría. Pero nadie quiere revelar su identidad.
—No me venga con historias de mafiosos ahora, teniente —exclamó el comisario, cabreado—. ¿Me está diciendo que hay una especie de Vito Corleone en mi ciudad? ¿Delante de nuestras narices? ¿Y que tiene comprada a mi gente?
—Que uno de los hombres que investigaba el homicidio de Ocaña haya sido asesinado por este grupo parece confirmar algunas de nuestras hipótesis de trabajo, desde luego.
—¡Por favor…! —Ruescas no daba crédito. A mí no se sorprendía nada.
—El caso es que nos gustaría hablar con usted, inspector, para profundizar en su declaración de los hechos y en todo lo relativo a su investigación, en cuanto fuera posible…
El comisario se levantó de un salto. Jamás lo había visto tan iracundo. Empezó a despotricar contra el teniente Ramos, la fiscalía, el Ministerio y la mitad de la cúpula celestial. Como los derroteros que estaba cogiendo aquella disputa ya no tenían interés para mí, decidí largarme a mi mesa, hacer un par de averiguaciones telefónicas —como, por ejemplo, dónde iba a ser la dichosa redada—, e irme a casa a coger más armas.
Muchas más armas.

miércoles, 22 de octubre de 2014

34. El enemigo al habla

Leandro Hoffman-Sanz. Monje pronunció su nombre entre toses y lágrimas, con la voz tan aplastada como su tráquea. Antes de irme le recomendé que pidiera una ambulancia para su guardaespaldas.
Si había sacado algo en claro es que a Hoffman le gustaba mucho tirarse a Angelina, tanto como para llevársela a su casa, o a una de sus propiedades, y que era un tipo muy peligroso. Demasiado, de hecho, para tratarse de un simple agricultor venido a más. Mientras caminaba a grandes zancadas, de vuelta a comisaría para recoger mi coche, intenté poner en orden mi cabeza. ¿Cuál era el plan? Ninguno. Sólo quería infringir dolor. Y mucho. No podía pensar en detenciones, en interrogatorios… Me daban exactamente igual el caso, las conspiraciones y la madre que parió a Ocaña. Quería salvar a Sonia Lara, ojo, pero a estas alturas de la historia, y si he de ser sincero, el pensamiento más lúcido que tenía era que quería aplastarlos a todos. A tomar por el culo la profesionalidad, la templanza y la racionalidad. Que el cráneo de tu compañero estalle ante ti y los trozos de su cerebro se te metan en la boca tiene que servir como atenuante ante la ley.
Sonó el teléfono móvil. Número oculto, claro. La llamada del malvado.
—Señor Laespada —dijo con voz tranquila. Quien hablaba no estaba nervioso, ni preocupado—. Ya sabe lo que quiero y lo que haré si no lo obtengo. ¿O tengo que recordárselo?
—¿Qué garantías tengo de que Sonia Lara está viva?
—Oh, lo está, no se preocupe. No le hemos tocado un pelo. No mucho, por lo menos. Es muy caballeroso por su parte preocuparse de la mujer, pero no olvide que la vida de todos sus compañeros depende de usted. Todo puede acabar con un simple intercambio, o con un cráter humeante repleto de cadáveres —la voz amenazaba con el mismo tono con el que pediría una pizza. Aquella frialdad me producía escalofríos—. Esto no es un juego, inspector. Puedo hacerlo, y lo haré.
—Sé quién es usted —dije.
—Sabe quién soy. Bien, creo que eso no cambia nada.
—En cuanto esto acabe, iré a por usted.
—En cuanto esto acabe, usted estará muerto, señor Laespada. La única decisión que tiene que ponderar es si desea salvar algunas vidas antes de caer, o morir con todo el equipo. De un modo u otro, no puedo permitirle vivir.
—¿Por qué sé demasiado?
—Usted no sabe nada, no se equivoque. No es más que un cabo suelto —creí escuchar una risa sorda—. Ya ve, uno comete un desliz y, de repente, todo se va a la mierda. Supongo que era de esperar cuando de por medio hay un idiota como Ocaña. Cúlpele a él del estado actual de las cosas. O a la mala suerte, si lo prefiere. El caso es que aquí estamos ambos, uno a cada lado del teléfono, pero sólo yo tengo la sartén por el mango. O el dedo en el gatillo, si lo prefiere. Pero estamos hablando demasiado para no decir nada interesante.
—Desde luego. Venga, suéltelo de una vez.
—Dentro de un rato recibirá un mensaje con la dirección a la que tiene que ir con mis documentos. Dispondrá de cinco minutos a partir de entonces para llegar al punto de encuentro. Si se retrasa, si aparecen otros policías, si los papeles no son auténticos, en definitiva, si intenta pasarse de listo, habrá una gran explosión. Luego haremos filetes a Sonia Lara y se los iremos enviando diariamente por correo, como si fueran fascículos de una enciclopedia. Y cuando ya no nos quede carne que cortar, iremos a por usted.
—Lo tendré en cuenta.
—Le diré algo sobre mí que sí debería saber, señor Laespada. Nunca hablo en balde. Le aconsejo que se dé una vuelta por la sala de autopsias y mire lo que queda su compañero para cerciorarse.
Colgó.
Parece que al final sí que logré sacarlo un poco de sus casillas. Y a mí me iba a dar un infarto si no aflojaba el paso. Me dolían los puños de tanto estrujarlos. Me detuve a respirar profundamente. Miré a mi alrededor. Albaville era un mal sitio, pero no sabría decir si tan malo o peor que Albacete. Quizá sólo eran el mismo perro con distinto collar. Y ahí estaba yo, un incómodo invitado de otra dimensión, sufriendo la muerte de alguien que ni siquiera existía en mi realidad, dejándome arrastrar por la ira en un mundo que no era más mío que el cielo sobre mi cabeza. Podía relativizarlo todo, dejarlo correr, a fin de cuentas, un día de estos despertaría de nuevo en mi mundo y todo esto no sería más que un mal sueño.
Pero lo que estaba mirando en derredor no me lo permitía. Las personas que caminaban a mi lado, que conducían, que vivían sus vidas, eran reales. Existían en un aquí y ahora ineludible, tanto como yo, o el bueno de Wissemann hasta hacía unas horas. Como también existía el Mal, encarnado en ese momento por Leandro Hoffman-Sanz y sus miserables planes. La Mahou de Albaville era roja, pero también lo era la sangre de sus habitantes, y se estaba derramando impunemente por culpa de un cerdo sin escrúpulos. En conciencia, no podía permitirme el lujo de quedarme encerrado entre cuatro paredes, como hacía el Portugués, para negar el contexto. Y si éste estaba cambiando, tirando a negro, con asesinos y dinosaurios, debía aceptarlo y apechugar. Porque igual que un hijoputa es un hijoputa en cualquier dimensión en la que esté, también yo era yo.
Así que seguí andando.

miércoles, 15 de octubre de 2014

33. Aprietos

—Tengo un revólver para usted.
Bastaron estas palabras para que Monje me abriera las puertas de las oficinas de apartamentos 22. El proxeneta estaba entre cabreado y aterrorizado. Conocía de sobra lo que acababa de ocurrirle a Wissemann y debió presuponer que mi presencia no podía significar nada bueno. Pero quería la pistolita de plástico del sheriff, y a pesar de todo, estaba dispuesto a recibirme. Su gorila se había esfumado, aunque supuse que no debía andar muy lejos.
Monje, con su cara congestionada en un ceño fruncido, se asemejaba más que nunca a un abad dominico preocupado por las misteriosas muertes de sus correligionarios. Le apunté con el arma del playmobil y sus ojos destellaron de deseo.
—¿Quién es Angelina?
—¿Eh?
—En la lista que le pasó a mi compañero no aparece. Usted se la pasó a Ocaña al menos en tres ocasiones. Ahora mi compañero está muerto. Angelina. ¡Espabile, joder!
—Sí, claro… —Monje dio un respingo, pero no apartaba los ojos del mini revólver—. Espere un segundo… Debe referirse a Miguela. Miguela Ortiz, estoy seguro de que la incluí en el listado que me pidieron… Le llaman Angelina porque se parece mucho a Angelina Jolie, pero su nombre real es Miguela… No vive aquí, es de un pueblo de Murcia, ahora no recuerdo cuál. Trabaja toda la zona de Levante. Miguela Ortiz, inspector… Su teléfono, deje que lo mire un momento…
Busqué en el bolsillo de la chaqueta la hoja con las de prostitutas de Wissemann y busqué ese nombre. En efecto, ahí tenía a la tal Miguela y su número de móvil. Mientras Monje tecleaba en su ordenador, marqué aquellos dígitos en el teléfono de Wissemann. Estaba apagado. O fuera de cobertura. O quizá en el fondo de una zanja junto a un cadáver.
—¿Trabaja ella por su cuenta? —pregunté, disparando a ciegas—. ¿O tiene que rendirle cuentas a usted siempre que viene a Albaville?
—¿Quiere decir si Angelina viene a la ciudad a trabajar por libre? No lo creo. Ella está en plantilla, por así decirlo, de la organización. Va donde la mandan. Supongo que podría hacerlo, pero no le convendría…
—¿Organización? Traficantes de personas, más bien. Los chuloputas que se creen empresarios como usted me dan arcadas —estaba subiendo la voz, y tuve que esforzarme por contenerme y no hacerle tragar la puta pistola de juguete—. Pero al menos me va a ser útil hoy. ¿Cómo funciona esto? ¿Alguien le llama y le pide una puta en concreto, y usted avisa a otro mierda como usted, y se la envían, o qué?
—Algo así, sí… — Monje temblaba—. En casos muy concretos, y sólo con determinados clientes.
—Genial. Entonces, seguro que tiene en ese cacharro una base de datos con todos los trabajos que ha hecho Angelina en Albaville, ¿a que sí?
Ya no miraba el arma del muñeco, sino a mí, y lo que veía en mi cara lo acojonaba hasta el punto de hacerle estremecerse como un plato de gelatina en una hormigonera. Tuvo que introducir el nombre de Angelina, o Miguela, en su ordenador hasta tres veces para hacerlo correctamente.
—Aquí…
—Imprímalo, joder.
El ruido marciano de la inyección de tinta sobre el folio llenó todo el despacho, generando un malsano suspense. Noté la presencia del guardaespaldas de Monje detrás de mí, pero no se acercó. Traje Gris mantuvo las distancias y permaneció junto al quicio de la puerta. La máquina vomitó el papel impreso y Monje me lo alargó con su temblequeante mano. Me senté en una de las sillas que había frente al escritorio del proxeneta, y saqué la agenda de Ocaña para cotejar las fechas. En efecto, estaban las tres visitas al piso, que Monje había identificado simplemente con una «O», junto a la dirección del piso franco y las cantidades (de tres cifras) que había cobrado por cada servicio. Había una cuarta cita, también en la ciudad, aproximadamente un mes después de la última, sin más datos que otras señas y un pago más que generoso.
—Inspector… —balbuceó Monje.
—Este último trabajo. Quién es.
—No… No lo sé.
—Y una mierda. ¿No acaba de decirme que éste es un servicio sólo para ciertos clientes? Clientes VIP, supongo. Tipos que pueden permitirse estos precios… No me lo trago, Monje.
—Mire, inspector Laespada. Si se lo digo, mañana a estas horas estaré muerto —Monje estaba aterrorizado. Un terror genuino, profundo, oscuro, superior a sus ansias de coleccionista y al miedo que yo podía infundirle—. Todos en esta oficina estaremos muertos. Puede que ya esté condenado sólo por imprimirle esa hoja…
Me guardé todos los papeles. Dejé el revólver de plástico encima de la mesa y me puse en pie. Cogí el pisapapeles que Monje tenía delante del teclado —una especie de semiesfera de mármol rosado— y, con un giro de cintura, se lo lancé a la cabeza a Traje Gris. Acerté de lleno. El guardaespaldas, inconsciente, cayó fulminado de espaldas contra la pared. Antes de que tocara el suelo ya había agarrado por el cuello a Monje y lo había atraído hacia mí por encima del escritorio, derribando el monitor y la mitad de los enseres que había en el tablero.
Su cara se amorató en apenas unos segundos. Sus babas salpicaban mis manos entre jadeos, pero no aflojé la presa. Pataleaba, cada vez con menos fuerza, en tanto sus ojos se desorbitaban, incrédulo. Se meó encima. Yo tenía los dientes tan apretados que notaba cómo empezaban a astillarse.
—Escucha bien, hijoputa —mascullé—, vas a decirme quién es el putero, o te juro que te mato, aquí y ahora.
Monje parpadeó a modo de asentimiento.
Ya dije que estaba muy furioso.