miércoles, 10 de septiembre de 2014

28. Vamos a dar una vuelta

Recogí a Wissemann en la puerta de su casa sin decirle adónde íbamos. Una vez a bordo de mi coche le pregunté por su amigo. A los especialistas locales de la brigada de Delitos Informáticos se les llamaba últimamente Rastreators. Nuestro basset hound cibernético era de los mejores. A juicio de Wissemann, parecía imposible que nos hubiera vendido pero, bueno, nunca hay que poner la mano en el fuego por nadie, y este es un precepto que se cumple en cualquier dimensión en la que estés.
Mi colega no es tonto. Seguía ignorando la trama reptiliana del caso, pero había llegado a la misma conclusión que yo respecto al secuestro de Sonia Lara, de ahí que no se mostrase reticente a visitar al inspector Rastreator. Wissemann llevaba la libreta de claves encima. Me la enseñó.
—¿Quieres llevarla tú? —dijo.
—Ni de coña.
Con la tendencia que tenía a sufrir accidentes, palizas y misteriosos encuentros nocturnos, la agenda hubiera estado más segura abandonada en un banco del parque que en el bolsillo de mi chaqueta.
—Tener esto es como llevar puesto un chaleco de explosivos.
—Pues procura que no estalle —repliqué.
Wissemann me miraba de reojo mientras conducía. Supongo que intuía que le estaba ocultando información, y dudaba si preguntarme o no al respecto. Al final, prefirió permanecer en la inopia un poco más. Mientras tanto, nos acercábamos al domicilio del informático traidor sin un verdadero plan de actuación. Mi idea era presentarnos por sorpresa en su casa, acorralarlo y obligarle a cantar La Traviata. Por el medio que fuera. Si los secuestradores andaban improvisando, a la novia de Ocaña podía ocurrirle cualquier cosa y no podíamos perder más el tiempo.
—Eh, Laespada —dijo de pronto Wissemann—, parece que vamos a tener un poco de suerte esta mañana. Mira quién ha bajado a comprar el pan.
En efecto, Rastreator caminaba despreocupadamente por la acera, de espaldas a nosotros, con dos baguettes en una bolsa de plástico. Le adelanté con cuidado, frené bruscamente junto al bordillo y Wissemann bajó de un salto. El informático se quedó de piedra al vernos. Y su cara se quedó completamente lívida cuando vio que el pelirrojo empuñaba su arma reglamentaria contra él.
—Adentro —dijo Wissemann. Cogió a Rastreator por un brazo, clavándole el cañón de la pistola en las costillas, y los dos se metieron en la parte de atrás del Ford Fiesta, con baguettes y todo.
Arranqué raudo y enfilé el coche hacia las afueras, donde el vacío urbano nos diera un poco de intimidad.
—¿Qué demonios estáis haciendo? —dijo Rastreator, cuando se recompuso un poco del susto.
—No nos gusta la gente que no se atreve a comprar una auténtica barra de pan —dije.
Wissemann me siguió el chiste. Le quitó la bolsa del pan y la arrojó por la ventanilla. El otro tipo no daba crédito.
—Y ahora —dijo mi compañero—, puedes empezar a hablarnos de quién más sabe lo de las páginas en clave que te envíe el otro día.
—Pero… pero… ¿no dijiste que al final había sido una broma?, ¿una pista falsa?
—¿Lo resolviste? ¿Resolviste la clave?
—Sí, claro… —le costaba hablar, pero aún así Rastreator hizo un esfuerzo—. No era más que una variante ingeniosa del Polybios. En cuanto caí en la cuenta, introduje la clave en el programa y éste descodifico todo el texto, pero como me dijiste que lo olvidara, no te lo llegué a mandar. Aún lo tengo en el disco duro…
—Escucha, amigo —le dije, mirándole a través del retrovisor—, te voy a exponer tu situación. En esos papeles en clave había información relevante respecto al caso del asesinato de Ocaña. Esa información se ha filtrado a una gente indeseable y Wissemann y yo nos preguntamos cómo es eso posible.
—Yo… —Rastreator no encontraba suficiente saliva en su boca para lograr deshacer el nudo que tenía en la garganta—. No tengo ni idea. Pero yo no he hecho nada.
—¿Quién más tiene acceso a tu disco duro?
—No. Es imposible que nadie haya entrado en mi ordenador. Imposible.
Di un volantazo y metí el coche por un camino de tierra que nos llevaba a la parte de atrás de uno de los desguaces de la carretera de Jaén. Rastreator estaba a punto de vomitar, y eso que Wissemann había enfundado disimuladamente su arma. Frené en mitad de una espesa nube de polvo. La tapia de la chatarrería nos protegía de miradas indiscretas. Alrededor no había más que bancales en barbecho. Si hubiera tenido una pala en el maletero, el informático se hubiera cagado encima.
Bajamos los tres del Fiesta.
Wissemann estaba convencido de la inocencia de su amigo y dos terceras partes de mí también.
—Puede, y digo puede, que no seas el topo —le dije a Rastreator—, pero esa información ha salido de tu ordenador y ha llegado adonde no debía. Así que tú verás qué explicación nos das.
—Por favor… ¡por favor! —gritó el informático, que empezaba a sacarse el susto del cuerpo—. Dejadme pensar un minuto, joder.
Con la mano temblorosa, buscó en el bolsillo de la camisa y sacó un paquete de Chester. Wissemann le ayudó a darle fuego y, de paso, se cogió un cigarrillo para él. Era la primera vez que le veía fumar. Estuve a punto de pedir uno para mí, pero después de secuestrar a Rastreator a punta de pistola, tirarle el pan y acojonarlo a campo abierto, me parecía mal quitarle —encima— el tabaco.
Las caladas al pitillo ejercieron su efecto balsámico sobre los dos policías.
—Tú me enviaste las imágenes escaneadas —le dijo Rastreator a Wissemann—. Podrían haber mirado en el ordenador que usaste.
—Lo borré todo en cuanto te lo mandé. Además, no tiene sentido. Sólo nosotros tres sabíamos de la existencia de la libreta de claves. Nadie se pondría a buscar en mi ordenador así porque sí.
—El único momento en que las páginas cifradas estuvieron virtualmente fuera de mi ordenador fue cuando me las enviaste, y cuando yo las introduje en el programa de desencriptado. Después di manualmente con la clave, la introduje en el programa y éste descodificó todo el texto. Luego descargué los archivos descifrados y eliminé todo el rastro. Quizás…
Rastreator se detuvo y miró al cielo, como si la respuesta se le hubiera aparecido entre las nubes rodeada de un coro de ángeles.
—¿Y bien?
—Tenemos un programa, llamado Félix3, de interceptación de comunicaciones. Félix3 monitoriza constantemente todo lo que pasa por los servidores, en todas las redes accesibles que conocemos, buscando determinadas palabras clave. Cuando encuentra una de estas claves envía un mensaje de alerta para que sea investigado. Puede que en el texto que me diste aparezca alguna de estas palabras, y puede que esto haya hecho saltar alguna alarma. Es la única explicación posible. Pero es raro, yo no vi nada de esto.
—Pues vayamos a revisarlo —dije—. Todos al coche. Y esta vez, amigo, puedes sentarte delante, si quieres.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

27. Jaque al rey

El día y yo amanecimos igual de grises. Nubes plomizas cubrían el cielo amenazando lluvia. Al clima le afectaban las bajas presiones. A mí las altas. Una chica con la que salí hacía tiempo me había regalado un ajedrez electrónico, de esos que juegas contra un tablero robotizado con lucecitas. La chica había leído que practicar con el ajedrez ayudaba a concentrarse y a pensar y, cargada de buena voluntad, me lo había traído creyendo que me serviría para afinar mis dotes detectivescas. Lo había desechado al fondo de un cajón después de perder un par de partidas. El ajedrez nunca se me ha dado bien, pero como necesitaba focalizar mi atención, aquel maldito sábado volví a ponerlo sobre la mesa.
Jugué con blancas y comencé a mover peones mientras trataba de pensar en cómo encontrar a Sonia Lara.
El cacharro me saca un caballo. Le imito. Contraataca con un alfil y pone mi caballo en la picota. Si lo muevo me quedo sin reina, así que la defiendo con un alfil. El hijoputa computerizado saca el otro caballo. Insisto con los peones y con el otro alfil. Y él con el caballo, al que pongo en retirada con un peón. Adelanto la reina. La máquina se prepara para sacar otro alfil. Muevo el segundo caballo. En efecto, desenfunda el alfil. Decido atacar en serio y le como un peón con mi caballo a modo de advertencia. Pero no me doy cuenta de que me pongo a su alcance y su jaco mata al mío. ¿Pero qué mierda es esta? Muevo no sé qué y su puto caballo se folla a mi reina, que amenazaba a su torre. Dos jugadas de mierda empalmadas. Bravo por mí.
Cae otro de mis muchachos peones. Otra jugada y de pronto el chisme pita. Me ha cascado un jaque con el caballo que me jode vivo. Le como un alfil. Su otro alfil vuelve del fondo del tablero y se jala otro peón. Me quedan siete piezas y al robot catorce. Tomo aire. Mi torre se come un caballo negro. Su alfil se cepilla a mi último caballo. Otro movimiento absurdo me deja sin torre. Torre por torre y me quedan el rey, el alfil de blancos y dos peones. Le fuerzo un jaque con el alfil, que no le cuesta deshacer. Digo adiós a otro peón. Muevo el último peón hacia adelante. Baja la reina negra y se lo come. ¡Venganza! Me la cargo con el rey. Pero entonces el robot se come mi penúltima pieza y me quedo solo con el rey, con un jaque del caballo negro y jodido perdido.
Sólo puedo mover el rey a lo berserker contra las piezas enemigas, pero claro, éstas corren que se las pelan por el tablero. Su rey comienza a danzar alrededor de sus peones. Por un momento creo que sale a plantarme cara. Un mano a mano real. Entonces, aparece la torre negra, me atiza el inevitable jaque mate y el cacharro se ilumina como una verbena.
Cogí el tablero y lo estampé contra la pared. Ja, eso sí que no se lo esperaba.
Quedaba demostrado que era un inútil al ajedrez y que la sutileza no iba conmigo. El plan que hasta entonces había tenido en mente era coger a uno de los reptilianos de la agenda de Ocaña y darle de hostias hasta que confesase. Pero, visto lo visto, lo único que lograría así es que me devorasen vivo.
Me puse a recapacitar. Sonia Lara llevaba unas catorce horas secuestrada y el dispositivo de su búsqueda no había hecho más que intensificarse. Que sus captores no hubieran dado señales de vida aún evidenciaba lo improvisada y chapucera que había sido su intervención. Estaba convencido de que la clave del rapto de Lara estaba en la libreta de Ocaña. Pero ¿quién sabía de su existencia?
El CNI, o los muchachos de la Sección 71, como los llamaba Chaney, no. Esto estaba claro después de la conversación con Preston. Los buenos espías no llevan registros no autorizados de datos. Le dirían a Ocaña que observase, que apuntase las reacciones de los lagartianos a la sustancia X y que, después de comunicarlas, destruyese sus notas. Pero el gilipollas de Ocaña no destruyó nada, lo tenía todo bien apuntado en su agenda. En clave, sí, pero anotado.
Los reptilianos tampoco. Si ni siquiera sabían que existía un plan contra ellos. Preston se mostró muy segura en este sentido. Aunque, en mi opinión, era cuestión de tiempo que saltase la liebre. En cuanto los lagartos se reunieran y comparasen historias sobre las juergas que se corrían a cuenta del subcomisario en el pisito de marras, alguno sumaría dos y dos. Pero aunque esto ya hubiera ocurrido, no podían saber de la agenda.
Entonces, aparte del muerto, Wissemann y yo, el único tipo que había entrevisto algo de la agenda era el compañero de la brigada de Delitos Informáticos. Si no se tragó el cuento de Wissemann de que todo era una broma, y siguió investigando hasta dar con la clave, habría acabado por sacar unos cuantos nombres de relativa importancia y unas cuantas referencias curiosas. Ya fuera actuando por codicia o por lealtad a su especie, por cuenta propia o trabajando para otros —reptilianos, chantajistas profesionales o comunistas de Marte—, si alguien había dado el soplo debía de haber sido él. O alguien cercano, o con acceso a su equipo.
Así que sólo tenía que sentarme a esperar a ver quién llamaba pidiendo el rescate.
O podía ir a jugar al ajedrez con el informático de las narices. Verás qué risa.

domingo, 31 de agosto de 2014

Reto Fanzine 2014: vamos avisando

Este año cumplimos diez años, amigos. Diez años. Ahí es na. Diez añacos sacando fanzines, cada vez más, cada vez mejores. Así que voy ya avisando para que luego no nos coja el toro y me vengais con que no me ha dado tiempo a hacer nada (Aprended de Cañizares que ya tiene hecho el Guitarrazo). Os quiero ver a todos, dándolo todo.
Diez años, joder. ¡Sentíos orgullosos!