miércoles, 23 de julio de 2014

21. La sal de la vida

Necesitaba alejarme de todo por un momento para poder asimilar aquella ola de idioteces conspiranoicas en su justa medida. Reptiloides. Hay que joderse.
Sin quitarle méritos a la forma de escribir de Chaney, que a primera vista me pareció bastante correcta y ocurrente, lo cierto es que Hijos de Seth era el típico libro de temática paranormal que se lleva publicando desde El retorno de los brujos. De los que te dicen en el prólogo que la realidad es más compleja de lo que percibimos y que hay que ir más allá de lo racional —con lo que puedo estar de acuerdo—, y luego te meten con calzador un montón de datos y testimonios de dudosa credibilidad. Pura charlatanería.
No obstante, sí que había un par de capítulos novedosos respecto a la habitual mitología reptiliana. Por ejemplo, en el apartado descriptivo, Chaney negaba que los reptilianos fueran seres metamórficos. En realidad, según decía, estos seres habían evolucionado tan a la par de nosotros que eran fisiológicamente humanos en un 98%. Pero esa mínima diferencia les impedía, por ejemplo, engendrar hijos con humanos o aceptar nuestros órganos trasplantados… Y sí, en lo que quizás fuera la frase más extravagante del libro, decía que no podían silbar.
El punto más interesante era el que refería la actual estrategia de los reptilianos en su plan de dominación mundial. Aquí Chaney se alejaba de la teoría clásica de la camarilla de élite que dirige la banca y la industria, controla los gobiernos y los medios de comunicación, y que pretende esclavizar a los humanos mediante un único control centralizado. Según Chaney, los reptilianos de siglo XXI habrían optado por liderar una descentralización global salvaje. «Una antiglobalización artificiosa, que busca aprovecharse de las deficiencias estructurales de los gobiernos para desmantelarlos, atomizarlos, e implantar nuevos esquemas de poder y modelos de sumisión mucho más manejables», decía ya en el prólogo. Un divide y vencerás, entendía yo. Nada de forjar un imperio que durase mil años, sino interminables reinos de taifas en pugna constante por la linde. ¿Qué hacía falta mucho personal para ello? Chaney cifraba la población mundial reptiliana en 130 millones de individuos.
La gran pregunta que me enfermaba era si puede un pobre hombre que provenía de otra dimensión, que se comía las tortillas de un viajero del tiempo, y que en otra vida había combatido a toda clase de horrores sobrenaturales, negarse a creer en la existencia de humanoides reptilianos entre nosotros. Era una pregunta trampa, por supuesto. Lo único que podía hacer era coger más balas.
Muchas más balas.
Me tragué un puñado de analgésicos como si fueran chococrispis y salí a la calle dispuesto a todo. Wissemann vino a recogerme en su coche. Decidí mantener la boca cerrada hasta que no fuera estrictamente necesario, por aquello de que no corriera a encargarme una camisa de fuerza talla XL. De todas formas, quién tenía ganas de hablar era él, así que le dejé hacer. Según mi colega, el operativo de busca y captura de Sonia Lara estaba en marcha, aunque todavía no teníamos ni una pista de su paradero. Wisseman afirmó que el dispositivo activado para atrapar a la asesina de Ocaña tenía consideración de operación antiterrorista, con lo que, por mucha ventaja que nos llevara, sería cuestión de horas el dar con ella. O con su cadáver. No se descartaba que, acorralada y abrumada por las circunstancias, Lara hubiera optado por el suicidio. Esta última opción parecía la favorita de nuestros superiores, puesto que se traducía en un rápido cierre a un caso incómodo. No dejaba de pensar si los del CNI, o lo que fueran, no habrían precipitado ya este punto y final.
Tampoco podía quitarme de la cabeza los nombres de la agenda del muerto. Saqué de la cartera el listado que había entresacado Wissemann y lo leí con detenimiento.
—Necesito saber quiénes de estos tipos están marcados como positivos —dije.
—¿Y eso? ¿Ahora sí quieres interrogarlos?
—Busco una pauta.
—Buscas problemas.
—En la vida hay que buscar cierto grado de conflicto, Wissemann. El conflicto es la sal de la existencia.
—Claro.
—De veras. Lo leí en un sobre de azúcar.
—Creo que nosotros ya vamos bien servidos de sal. Como bacalaos, estamos.
—Venga, hombre. No vas a saber tú más que un sobre de azúcar.
Wissemann negaba con la cabeza mientras conducía por las grises calles de Albaville, sorteando autobuses, ciclistas y todoterrenos. Dos de cada cien personas de ahí fuera podían ser reptilianas. Incluso mi pelirrojo compañero podía ser uno de ellos. Lo miré de soslayo y, antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, me puse a silbar Sugar, sugar. Tras unos segundos de parálisis, provocada por la estupefacción, Wissemann soltó una carcajada y enseguida me acompañó con sus agudos silbidos, más pájaro que nunca.
Dos locos en un Rodrigo 36, chiflando un tema de dibujos animados, en mitad de una guerra secreta por el control de la humanidad. Qué coño, la verdad es que me encontraba en mi salsa.

miércoles, 9 de julio de 2014

19. Prescripción facultativa

Pegarme con los del CNI había sido una estupidez. Una estupidez placentera, claro, como cuando te apuras una botella de Kahlúa a fuerza de trasegar rusos blancos después de ver, por enésima vez, El gran Lebowski. Lo peor es el despertar del día siguiente.
De algún modo, Lola me consiguió meter en una habitación donde no había nadie más, y me dejó dormir sin que nada me molestase. A la segunda o tercera vez que me levanté a orinar y vi que ya no meaba sangre supe que estaba mejor de lo que los moratones de mi cuerpo daban a entender. Sobre las nueve de la mañana se acercaron a verme un par de colegas para que les explicase el incidente. Como suele pasar en estos casos, estaban más preocupados por los dos tiros a la nada que por saber quién me había apalizado, y es que a la policía no le gusta que haya proyectiles volando, a 376 metros por segundo, sin un destino prefijado. Les largué una historia absurda sobre un intento de atraco y me dejaron en paz con mis antiinflamatorios.
Wissemann me llamó por teléfono una hora después para comunicarme que el CNI había descargado varias cajas con las pruebas del crimen de Ocaña, tal y como había dicho Chip. Por lo que llevaba visto, teníamos la autopsia del subcomisario, pero no el cadáver, que ya había sido incinerado. No había ni rastro de grabaciones. También teníamos el hacha con las huellas de Sonia Lara, entre otras muchas evidencias que demostraban que había estado en el piso con el difunto esa noche. Por lo que me dijo mi compañero, el comisario Ruescas y el juez Nebreda estaban exultantes; tan sólo la detención pendiente de la novia de Ocaña les impedía ponerse a bailar encima de sus escritorios. La noticia del homicidio, y la identidad de la asesina, ahora sí, acababa de filtrarse a la prensa, con lo que imaginé que el día de Teresa Lara estaba a punto de ser tan cojonudo como el mío.
Así las cosas, parecía que el CNI iba a salirse con la suya, para alivio de Wissemann, que a pesar de mi arenga de la tarde anterior, se mostraba demasiado alegre ante la perspectiva de darle carpetazo al caso, no fuera él el siguiente en acabar con más puntos encima que los calzones de Charlot. De poco me sirvió explicarle que había sido yo quien había provocado la pelea y no nuestros amigos trajeados; Wissemann estaba más por la labor de destruir la libreta de claves y el vial que por saber qué demonios estaba pasando.
Debía impedirle que hiciera una tontería irreparable, pero ni el médico me quiso dar el alta, no hasta que me hicieran más radiografías, ni Lola —que llevaba allí conmigo más horas que el clavo del almanaque— me dejaba irme. Mi enfermera se había tornado en carcelero, por mi bien, decía, mientras éramos la comidilla de sus compañeras de planta. Menos mal que Diana trabajaba en el otro hospital de Albaville, porque podía haberse organizado un segundo asalto que dejaría el primero como una pelea de almohadas.
Volvieron a hacerme pruebas, a darme zumos calientes por toda comida, a sacarme sangre y a tomarme la tensión, salpimentado todo con picos de Lola y pinchazos al volapié del resto de enfermeras. Y cuando creía que no me podía pasar nada peor, apareció Marcos Chaney como respuesta a una plegaria que nunca hice.
Marcos Chaney me había dejado un mensaje en el contestador de casa el día anterior. Como no le había respondido con la premura que él creía que le correspondía, estuvo buscándome por comisaría, por el bar del Portugués, por mi barrio y por dios sabe dónde más hasta que la suerte le sonrió. Allí me tenía, sin escapatoria y sin arma, todo para él solito.
La primera impresión que provocaba Chaney era rara. A primera vista, parecía un individuo de lo más normal, un gordito afable, más o menos de mi edad, miope y con entradas, de esos a los que devolverías el saludo con una sonrisa involuntaria aunque no lo conozcas de nada. Pero si lo observabas detenidamente, su ropa pasada de moda, su peinado-despeinado, el tono azul de su mentón mal afeitado y el extraño brillo de sus ojos tras las gruesas lupas, te sacudía un escalofrío y no podías dejar de imaginártelo celebrando el día de la madre con un esqueleto momificado en una mecedora.
Pero Marcos Chaney era aún más especial. Se presentó nada menos que como escritor. Autor de novelas pulp y periodista freelance. Si me hubiera dicho que era capador de loros no me hubiera resultado más extraño.
—Inspector Laespada, creo que podemos ayudarnos mutuamente —dijo Chaney, mientras acercaba un sillón a mi cama—. Yo sé lo que está pasando en Albaville.
—Seguro que sí —dije. En realidad pensaba si mi cuerpo molido sería capaz de pulsar el botón de llamar a la enfermera antes de que aquel loco me lanzara la primera cuchillada.
—No me trate con condescendencia, inspector —dijo entre dientes. Y cambió a modo sonrisa en décimas de segundo—. Se lo perdono porque no me conoce.
—La verdad es que no he tenido el gusto de leer nada suyo.
—Eso se soluciona rápido —Chaney metió la mano en el abultado maletín de cuero que cargaba al hombro y sacó un grueso ejemplar, que procedió a dedicarme con inusitada velocidad. Me lo pasó y se sentó en el sillón.
Se titulaba Hijos de Seth: Cómo los reptiloides tratan de conquistar a la Humanidad. 646 páginas, encuadernado en rústica. La dedicatoria rezaba «Para Laespada, compañero en la primera línea de defensa humana».