miércoles, 16 de abril de 2014

07 Dos cafés solos largos

Desconecté después de comer. Fui a casa, descolgué el teléfono, me tumbé en el sofá y dejé la mente en blanco. Literalmente. Tengo un sistema infalible. Pienso en un folio en blanco. Lo visualizo, y me relajo. Un folio inmaculado no representa nada —a menos, supongo, que seas escritor o dibujante—, no puede hacerte daño, ni influirte de ninguna forma. Mente en blanco. Pruébalo.
Duermes mejor.
Luego te despiertas y los problemas siguen ahí, todo lo malo, pegado a tus suelas como un chicle en agosto, y entonces te maldices a ti mismo por haberte quedado frito cuando tienes un millón de cosas que hacer, pero en el fondo sabes que te encuentras mejor, con las pilas cargadas, y la mente puesta en el caso y no en alosaurios fantasmas.
Turno doble para el caballero y el siguiente movimiento, obligado, era ver cómo me las apañaba para acercarme a Monje y sonsacarle lo que supiera del caso. Tenía la dirección de su casa, la de su oficina y la de su club de alterne: El Luxxury. Con dos equis, nada menos. No era el mayor de la ciudad; ubicados tradicionalmente en los primeros tres kilómetros de la carretera de Jaén, el puticlub más grande de Albaville era el Don Angelo, propiedad de un venelozano.
Me intimidaba pensar que, quizás, el proxeneta pudiera tener bien cubiertas las espaldas, como se dejaba entrever por los informes de Ocaña y su aparente insignificancia para la Brigada. Tampoco podía amenazarle con redadas, y aunque lograra que un juez me firmase una orden, seguro que no encontraría en sus locales ni menores de edad, ni inmigrantes ilegales, ni drogas, ni nada con lo que apretarle las clavijas. Necesitaba dar con algo con lo que forzarle a negociar y tenía que descubrirlo cuanto antes, porque tenía el amargo presentimiento de que cuantas más vueltas diéramos en este caso, más negro se iba a poner el final.
Llamé a Wissemann y lo puse al tanto de mis últimos descubrimientos. Mi compañero sabía de un bar donde solían acudir los proxenetas a reponer fuerzas a media tarde. Nos citamos allí en media hora.
El sitio se llamaba Leuven 11. Anodino y sin personalidad, como el 90 por ciento de los bares de la ciudad. Mesas diminutas, sillas de plástico, cincuenta tipos de tés absurdos para tomar y dos televisores de plasma sintonizados a todo volumen en un canal especializado en tetonas atáxicas que graznan. Wissemann se acercó a la barra a pedir dos cafés, invitaba yo, y se acomodó en una de las mesas. Le imité y nos dedicamos a examinar con detenimiento a la media docena de parroquianos allí congregados. Casi todos gente del barrio, nada anormal. La pelagra se sentaba en una mesa del fondo. Tres tipos que charlaban amigablemente. Tres chuloputas tan normalizados como el bar. No conocía a ninguno, pero Wissemann sí. Me señaló con un gesto al más alto.
—Estoy seguro de que ese es nuestro hombre.
—¿Trabaja para Monje?
—Lo más seguro. Ha prosperado bastante en los últimos cinco años. Antes chuleaba a un par de pobres yonquis y ahora gasta zapatos de trescientos pavos. Y ni una detención en todo este tiempo…
Volví a mirar al chulo. Un fulano insignificante, nada a destacar salvo los zapatos. Debía de calzar un 47 o 48 de pie, probablemente por eso había tenido que comprarse unos zapatos a medida y saltarse la uniformidad del bussiness casual. Me pregunté si Monje enviaba circulares internas entre su personal con directrices sobre vestimenta y comportamiento en el lugar de trabajo. Seguro que beber entre horas estaba prohibido.
Bigfoot se levantó para ir al baño, y Wissemann hizo lo mismo. Yo me quedé para cubrirle y tener vigilados a los otros dos. Cuando la puerta que daba a los servicios se cerró, me llevé la mano a la sobaquera con disimulo y le quité el cierre a la pistola.
Por el brillo en los ojos azules de Wissemann supe que no me gustaría ser ese chulo.
Fueron cinco minutos que se hicieron como cinco horas. Los amigos del sujeto no se mostraban inquietos por la tardanza de su colega, pero yo no me fiaba. Wissemann y yo éramos unos desconocidos en un bar de barrio. Un pelirrojo con cara de pájaro y un calvo con un bulto bajo la axila. El colmo del disimulo. Sólo nos había faltado sentarnos bajo un letrero luminoso de «Reservado para la Policía». Y sin embargo, todo el mundo seguía con su vida como si yo no estuviera. Reconocí esa sensación que yo no tenía: se sentían a salvo. Sin nada que temer.
Hay que joderse.
Por fin, Wissemann reapareció, atusándose el pelo cobrizo como si nada. Dejé tres monedas sobre la mesa, junto a los cafés que apenas habíamos probado, y salimos de allí, directos al coche.
—¿Qué? —pregunté, impaciente.
—No ha ido mal. Apenas me ha hecho sudar. Él, en cambio, necesitará una ducha y calzoncillos nuevos…
—Suéltalo de una vez, Wissemann.
—Bueno, ese tipo es un mierdecilla, un chuloputas de medio pelo dentro del negocio, pero no trabaja para Monje sino para la competencia. No me ha dicho casi nada útil, pero…
—¿Pero qué?
—No sé qué pensar. Parece que el único vicio que tiene Monje, su única pasión más allá de enriquecerse con la prostitución, es su colección. Según ese gilipollas de ahí dentro, Monje está obsesionado con los playmóbiles.

miércoles, 9 de abril de 2014

06 Tortilla de patatas

Lo del dinosaurio me dejó atontado. Volví a mirar pero allí no había ningún bicho antediluviano, así que supuse que podía haber sido un espejismo, una alucinación provocada por el estrés. Eso, o me estaba volviendo loco, por qué no, cualquier cosa antes de que apareciera de verdad un dinosaurio, porque podía tolerar sin problemas el mínimo porcentaje de particularidades de Albaville, pero no que las cosas comenzasen a ponerse raras, pero raras de verdad.
Con más hambre que inquietud, todo sea dicho, fui al pub del Portugués. Aunque se supone que su local no puede vender comida, nunca faltan platos calientes para los habituales. Los miércoles suele preparar una tortilla de patatas a nivel de madre, una cosa soberbia, que siempre sirve con un palmo de barra de pan.
El Portugués nunca sale de su local. Duerme en el piso de arriba, al que se accede desde el almacén. Todo lo que necesita del exterior se lo llevan al bar, y no tiene familia ni amigos que visitar. Ni siquiera creo que vaya al médico o al banco. Supongo que debe tener en alguna parte un ordenador con internet y un teléfono para poder mantener su estatus de ermitaño frente a Albaville. Como viajero del tiempo desengañado, tampoco tiene relojes a la vista. Para el Portugués no existe el ayer-hoy-mañana, renegó del tiempo y creo que por eso intenta vivir en un perpetuo día de la marmota.
Le entiendo perfectamente.
Ambos estamos viviendo una vida que no es la nuestra. Una vida con todos los recuerdos, conocimientos y experiencias de una existencia en Albaville como si realmente fuéramos oriundos de este universo. No puedes ni imaginar lo doloroso que resulta sufrir esta sensación de bilocación, esta vida doble donde todo lo que te rodea es nuevo y viejo a la vez, familiar y desconocido, propio y ajeno. De ahí que, fuera del recogimiento hogareño, el cerebro se protege de caer en la esquizofrenia dejando que la consciencia albavilense coja el volante.
El Portugués no abandona su negocio porque reniega del tiempo y de su nuevo yo. Se refugia, se atrinchera tras la barra del pub, rechazando el mundo que le cayó en gracia, temeroso de que un roce excesivo con Albaville le haga olvidarse de quién es y de dónde viene en realidad. Es un miedo que comparto, pero dado que a mí no me queda otra que salir y sacarme las castañas del fuego, procuro conservar la parte albaceteña en mi piso, junto con los discos de Soundgarden y Kings of Leon, que han resistido inmutables el trueque interdimensional.
—Me ha parecido ver antes un dinosaurio —le dije, una vez tuve un cuarto de tortilla humeante, el pan y una Mahou roja delante.
—¿Qué tipo de dinosaurio? —preguntó él, poco impresionado con mi declaración.
—No sé. Uno grande. Parecía un T-Rex.
—Espera un minuto. —El Portugués salió de detrás de la barra y fue hacia uno de los rincones del local, donde tenía una estantería atestada de libros de todo tipo. Escudriñó varias baldas hasta dar con un gran tomo casi desencuadernado. Un libro de dinosaurios, cómo no. Me lo pasó y regresó a su posición inicial, entre la caja registradora y los grifos de cerveza.
—No me jodas… —protesté—. Esto es un libro para críos.
—Échale un vistazo, coño.
Lo encontré en las páginas dedicadas al Jurásico. Un alosaurio. Leí en voz alta su descripción, sin miedo a que nos tomaran por idiotas porque a esas horas estábamos los dos solos en el pub. Alosaurio. Terópodo. Principal depredador del Jurásico. Bípedo. Mandíbulas enormes. Infinito juego de dientes aserrados. Pesada cola. Crestas sobre los ojos. Entre 5 y 8 metros de alto, por 12 de largo y unas 2 toneladas de peso. Patas delanteras cortas con garras afiladas. En el libro aparecía coloreado de marrón con rayas verdes desde el cuello hasta la punta de la cola, pero el que yo había creído ver era gris. Como un rinoceronte. Tan gris como el hormigón.
—Muy majo el alosaurio. ¿Qué crees que significa?
—¿Significar? Nada. Sólo ha sido una alucinación provocada por la tensión y el exceso de trabajo.
—¿De veras lo crees?
Se encogió de hombros.
—Más nos vale.
El Portugués. Hace la mejor tortilla de patatas de esta dimensión, pero tranquiliza de puta pena.

miércoles, 2 de abril de 2014

05 De putas por Albaville

¿Has visto esas pizarras que tienen los policías en las series de la tele? Esas donde ponen las fotografías de los sospechosos, de los cadáveres, las pistas… Siempre he querido una de esas. No sé si ayudaría a resolver el caso, pero molaría. Aún no entiendo por qué no podemos tener una en comisaría.
La libreta de Ocaña era una buena pista para poner en la pizarra. Lástima que no tuviéramos ni idea de lo que contenía. Sin la clave, aquellas páginas repletas de cifras tenían tanto sentido para nosotros como el Manuscrito Voynich. De todos modos, no estaba todo perdido, Wissemann iba a escanearla y a enviársela a un contacto que tenía en la brigada de Delitos Informáticos, para ver si sus mágicos programas podían desencriptarla por la fuerza bruta.
Hasta que sonara la flauta digital, no se me ocurría otra vía de investigación que tratar de localizar —si el CNI no lo había hecho ya— a la voluptuosa rubia, o a cualquier otra mujer que hubiera podido practicar la prespitación con el subcomisario, entre el censo local de prostitutas.
Si mal no recuerdo, la primera ordenanza contra la prostitución en España data del siglo XIV, se elaboró en Valencia y dice algo así como «que ninguna mujer pecadora se atreva a bailar fuera del lugar que ya tienen designado para estar». En Albaville hacía dos años que el Ayuntamiento había formulado una ordenanza de similares características, prohibiendo la prostitución en la vía pública. Si bien aún había quien ejercía en la calle, sobre todo consumidoras de drogas, lo cierto es que para ir de putas en la ciudad había que recurrir a determinados establecimientos, a ciertos pisos de citas o, en mucha menor medida, a los clasificados del periódico. Nuestra rubia podía ser una de las 500 mujeres que ejercían la prostitución en Albaville, la inmensa mayoría de las cuales trabajaban para media docena de mediadores, que es como prefieren denominarse ahora los proxenetas de nivel.
Prostitución y policía. Siempre ha habido un estrecho vínculo entre ambos mundos. Demasiado estrecho. En más ocasiones de las que nos gustaría recordar ha resultado que quienes se llenaban los bolsillos con los neones de carretera eran tipos con placa. El último caso más sonado que había salpicado Albaville había sido la Operación Zafiro, hacía cinco años. Se había desmantelado en Murcia una red de trata de mujeres y proxenetismo que implicaba a una veintena de agentes y mandos de la Guardia Civil, Policía Local y Nacional, además de cargos de la Subdelegación del Gobierno. La red tenía un par de locales en la provincia, pero ninguno en la capital. Entonces, se miró con lupa todo y a todos en Albaville, y no se encontró nada, pero siempre hubo la sospecha de que la Operación Zafiro tan sólo había cercenado un tentáculo de muchos.
Un par de llamadas a la Brigada de Extranjería me proveyeron de un puñado de sospechosos la mar de interesante. Fui revisando en el ordenador sus expedientes uno a uno, sin saber muy bien qué esperaba encontrar. Al cruzar datos, apareció el nombre de Javier Monje Peinado, precisamente en relación con Zafiro. Monje era uno de esos autodenominados empresarios del sexo, con un club, unos pisos y un par de detenciones intrascendentes. Poca cosa, a primera vista. No se hallaron evidencias de que tuviera nada que ver con la red murciana de prostitución. Como no soy Jessica Fletcher, me llevó un par de horas largas darme cuenta de que era Ocaña el que había firmado los informes sobre Monje.
Monje y Ocaña. Habría que ser gilipollas para creer en las casualidades.
No tenía pizarra, pero si desplegaba una mentalmente podía ver una línea que unía al CNI con el subcomisario, con el macarra emprendedor y sus señoritas putas.
Podía sentir una mano helada estrujándome las pelotas.
Y yo no había ni comido aún.
Sin avisar a nadie, ni a Wissemann, me largué de comisaría como si el edificio estuviera en llamas. Eché a andar sintiendo el cálido sol de un mediodía primaveral en la pálida piel de mi cráneo afeitado, algo que siempre me reconforta.
De camino a casa, por el parque, me pareció ver un dinosaurio.