miércoles, 3 de diciembre de 2014

40. Apaga, y vámonos

Pues parece que Albaville sí que tiene cosas que ofrecer al visitante de otras dimensiones, aparte de la Mahou encarnada, visto lo visto en mi primer caso oficial en esta ciudad de locos. Cada vez que repaso lo sucedido en aquellos cuatro días creo que todo fue un delirio, una pesadilla. Pero ahí están los recortes de prensa, los muertos y las cicatrices. Y Juancho.
Cuando todo terminó en el Centellas, el alosaurio seguía allí. Y no impresionó demasiado a las buenas gentes de Albaville, al menos, no más de lo que lo hubiera hecho la presencia de un elefante vivo en la plaza Mayor. Superado el susto inicial, la realidad reajustó paulatinamente las mentes de sus habitantes, hasta el punto de tratar el caso de la aparición inexplicable de un saurio jurásico con la misma normalidad con la que hablarían de un león que se hubiera escapado de un circo. De hecho, llegué a ver titulares en los que se elucubraba con que Juancho formara parte de alguna extravagante colección de animales salvajes. Se le ha tratado bien, creo que lo han llevado a Doñana, o a algún otro parque nacional, y nadie se ha planteado hasta la fecha estudiarlo, ni diseccionarlo, ni investigar su viaje a través del tiempo y el espacio. Juancho perdió su aura de milagro vivo en apenas 24 horas. Para mi disgusto, y conforme el universo Albaville asimiló su existencia, también concluyó nuestro vínculo psíquico. Su extraña inteligencia desapareció para convertirse en un simple animal salvaje más. Es lo que más me ha asustado de todo el caso, una amenaza de lo que puede depararme el futuro si me dejo conquistar por esta realidad.
El proceso contra Sonia Lara sigue en marcha. Una vez detenida, se procedió a su ingreso inmediato en prisión, donde la han visitado su hermana y media docena de psicólogos. Está viva, pero muy jodida de la cabeza, lo que bien podría aprovechar su defensa para rebajar la condena. Hablé con ella, en un par de ocasiones, para finiquitar el caso, aunque no me contó nada que ya no supiéramos. Eso sí, constaté que no tenía ni idea de los tejemanejes de Ocaña, ni de agendas, ni reptilianos que valgan.
En ese sentido, me saqué de encima a Diana Preston y su Sección 71 con relativa facilidad, entregándole la libreta del subcomisario, aunque tuve que presentarle un informe exhaustivo de todo el caso. Sin mencionar a Hoffman-Sanz. Los ultracuerpos me los he reservado para mí solo. Estimo su conspiración más interesante que la de los reptilianos, y ya que éstos están medianamente bajo control del personal de la Operación Fafner, no creí necesario levantar la liebre respecto a los marcianos de cerebro púrpura. Aún menos cuando los mismos alienígenas se esforzaron tanto en ocultar mi crimen, haciéndolo pasar por una muerte natural. Así, para el conjunto de la sociedad, el empresario Leandro Hoffman-Sanz había fallecido en su domicilio de un ataque al corazón. Lo incineraron tan rápido que cuando pusieron la lápida en su nicho sus restos aún humeaban.
Con Marcos Chaney he tenido menos suerte. El escritor, más paranoico que nunca, se ha instalado definitivamente en Albaville, y no ha dejado de llamarme para sonsacarme. No sé cuánto tiempo más podré evitarlo, porque es muy cansino. Estoy seguro que tiene su propia teoría sobre lo sucedido y me temo que no tardaré en verla publicada bajo un título rimbombante. Unos vienen y otros se van. Por lo que me cuentan, el amigo Monje y su colección de muñecos se han mudado al litoral murciano, en busca de un clima más cálido y policías menos psicópatas.
La Operación Calamar, nombre dado a la investigación sobre la banda del Centellas, sigue abierta a pesar de todo, ya que nadie ha sido capaz de encontrar al ucraniano (presunto tirador que se cargó a Wissemann) y el puertorriqueño que faltaban en el club el día que me presenté. En los distintos registros realizados, se incautaron 16 armas de fuego, munición de diversos calibres, documentación falsa, medio millón de leuros en metálico, sistemas de grabación encubiertos de audio y video, cinco vehículos, gran cantidad de objetos electrónicos, distintas clases de drogas por kilos y mucho material relacionado con todos los crímenes que les imputaban.
Aun con todo, no me libré de una investigación interna, una suspensión de empleo y sueldo de tres meses, una bronca monumental del comisario Ruescas, un montón de citaciones en los juzgados y la visita semanal obligada a un psiquiatra mientras estuve apartado del cuerpo. Pero no me quejo, si la maquinaria interna de Albaville era un portento redefiniendo la historia vital de sus vecinos, no le iba a la zaga la de los capitostes policiales, que supieron convertir la masacre del Centellas y el asesinato de Ocaña en dos grandes éxitos del trabajo conjunto de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, cágate lorito, sin que mi nombre apareciera ni una sola vez. Así que aquí paz, y después gloria, y tras las vacaciones forzadas me devolvieron mi placa, mi escritorio, mi nómina y la más prólijas de las indiferencias hacia mi persona en comisaría.
Durante el tiempo que estuve en el dique seco no hice nada de importancia. Nada de nada. Me dediqué a curar mis heridas, a dormir, a leer, a pelearme con mis enfermeras —Diana me dejó por su novio, con vistas a un futuro matrimonio, y Lola me pilló con una de sus colegas en un restaurante, aunque ya me ha perdonado el desliz—, y a visitar al Portugués, que está más lacónico que nunca. Sé que hay algo que le preocupa —su inquietud se refleja en sus tortillas, últimamente— pero soy incapaz de sonsacarle una palabra al respecto. Le respeto demasiado como para forzarle a contarme sus desvelos, y menos ahora que ha conseguido que un distribuidor le traiga una genuina ginjinha lisboeta con la que se te caen los calzoncillos al suelo. Son estas pequeñas cosas las que hacen que merezca la pena partirse la cara por la ciudad. Defenderla del Mal, venga de donde venga.
Al final, Albaville no está nada mal.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

39. Ensalada de tiros a la Zapruder

Fotograma a fotograma:

Fot. 40a. El inspector Pedro Laespada sube la escalera hacia el primer piso del club Centellas, empuñando una pistola HK USP Compact en cada mano. Se escuchan gritos de mujer y golpes en las puertas.
La escalera desemboca en un pasillo en forma de C. La distribución es de una alcoba al norte (Dormitorio 1), una suite con bañera de hidromasaje en la esquina noreste (Suite 1), una segunda suite en la esquina sureste (Suite 2), otra alcoba al sur (Dormitorio 2), un tercer dormitorio en el vértice suroeste (Dormitorio 3), la Oficina de la banda de sicarios al este, un dormitorio en la esquina noroeste (Dormitorio 4), y una Salita anexa a un último dormitorio (Dormitorio 5) en el centro de la planta.
Fot. 45a. En el pasillo, delante de Laespada, casi encima, hay un hombre descalzo y en calzoncillos cogido a una prostituta pelirroja. El hombre lleva sus pantalones hechos un buruño debajo del brazo. Han salido del Dormitorio 1 y están petrificados, sin saber adónde huir. En el quicio de la Salita, que queda en el segmento de pasillo a la derecha de Laespada, está apostado Ariel Rivera, uno de los miembros puertorriqueños de la banda, con una pistola Colt Double Eagle .45 ACP. A unos doce metros a la izquierda de Laespada, se halla Manuel Beltrán, uno de los miembros de nacionalidad española de la banda, que sostiene una escopeta de cañones recortados frente a la puerta de la Oficina. Detrás de él, antes del recodo del corredor, hay otra prostituta que forcejea con el pomo de la puerta del Dormitorio 5. Fot. 58a. Rivera abre fuego contra Laespada al tiempo que vocifera todo tipo de obscenidades.
Fot. 66a. El disparo de Rivera yerra el blanco e impacta en la prostituta pelirroja. La bala impacta en el vientre de la mujer, a escasos milímetros del ombligo.
Fot. 60-77a. Laespada se agacha y se parapeta en mitad de la escalera.
Fot. 77a. Beltrán dispara la escopeta recortada.
Fot. 78-110a. El tiro de Beltrán barre el pasillo de polvo y personas. Impacta al cliente en calzoncillos y a la prostituta, asesinando a ambos en el acto, y dejando el pasillo sembrado de postas.
Fot. 82a. Svetlana Bulkova, miembro de la banda de nacionalidad ucraniana, saca a rastras a Sonia Lara de la Oficina. También sostiene una Double Eagle en la mano izquierda.
Fot. 82-154a. Sonia Lara parece drogada y se mueve torpemente, sin oponer resistencia. Ambas mujeres doblan la esquina y se dirigen a la Suite 2, al final del pasillo.
Fot. 90a. Laespada ve, de reojo, a Sonia Lara desaparecer por el pasillo.
Fot. 90-174a. En la calle se escuchan los bramidos del alosaurio, que hacen temblar hasta los cimientos del club y las casas de los alrededores.
Fot. 91-172a. Beltrán abandona su posición y retrocede siguiendo los pasos de Bulkova, mientras recarga la escopeta.
Fot. 108-160a. Laespada aprovecha el impás. Salta, de repente, desde el último peldaño de la escalera, por encima de los dos cadáveres, hacia el Dormitorio 1.
Fot. 162a. Laespada alcanza a entrar en la alcoba abierta. El dormitorio sigue el mismo patrón estético que el resto del edificio. La cama está deshecha. Los zapatos y calcetines del muerto del pasillo descansan debajo de una silla de plástico junto a la ventana. Hay un condón a medio abrir debajo de la mesilla de noche.
Fot. 164-214a. Bulkova empuja contra pared a la prostituta que aporreaba la puerta del Dormitorio 5 y la lanza hacia atrás, apartándola de su camino. La chica cae inconsciente.
Fot. 186-258a. Rivera dispara contra el dormitorio hasta vaciar el cargador. No deja de insultar a gritos hasta que la pistola amartilla el vacío.
Fot. 260-314a. Laespada se asoma al pasillo y dispara sobre la posición de Rivera.
Fot. 263-317a. Rivera recarga y vuelve a abrir fuego contra Laespada.
Fot. 318a. Las balas del calibre .45 se estrellan a pocos centímetros de la cabeza del policía. Caen sobre su calva trozos de escayola de la pared.
Fot. 320-380a. Desde su nueva posición, Laespada consigue abatir a tiros a Rivera. Uno de ellos le acierta en plena cara.
Fot. 323. Sonia Lara, Beltrán y Bulkova entran en la Suite 2.
Fot. 381-419a. Laespada corre por el pasillo en pos de los otros tres.
Fot. 414-464a. Bulkova se parapeta detrás de Sonia Lara. Beltrán vuelve a disparar los dos cañones recortados al unísono.
Fot. 466a. Laespada se detiene en la esquina.
Fot. 470-596a. Desde el exterior de la casa, Juancho el alosaurio arranca los barrotes de la ventana de la Suite 2 con los dientes y logra meter la cabeza. Suelta un terrible bramido y aterroriza a las tres personas presentes.
Fot. 560a. Bulkova exclama algo así como «Dios mío, vamos a morir todos».
Fot. 560-668a. Laespada aprovecha la irrupción del dinosaurio para correr, pistolas en ristre, hacia la habitación.
Fot. 610a. Bulkova dispara a Juancho a quemarropa, pero el dinosaurio no acusa el impacto. Ni se inmuta.
Fot. 613-631a. El alosaurio cierra la boca como un cepo sobre el brazo izquierdo (el que sostiene el arma) de la mujer y tira de ella hacia afuera.
Fot. 632-686a. Juancho arranca a Bulkova de la habitación y la saca al exterior, aún viva.
Fot. 704a. Laespada abate a tiros a Beltrán, que había salido al pasillo para escapar del monstruo.
Fot. 726-834a. Laespada entra en la Suite 2. Sonia Lara está tirada en el suelo semiinconsciente. Fuera, se escuchan los escalofriantes gritos de agonía de la ucraniana.
Fot. 840-1078a. Laespada devuelve las pistolas a las sobaqueras y levanta a Sonia Lara.
Fot. 45-98c. Laespada llega con Sonia Lara a la puerta principal.
Fot. 99-225c. El aparcamiento es súbitamente invadido por varios coches de la Policía Nacional, Guardia Civil, un vehículo especial del Grupo Operativo Especial de Seguridad, otro de la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil y un par de ambulancias.
Fot. 243-315c. Laespada se apoya en la fachada del Centellas y se deja resbalar hasta sentarse en el asfalto. Desde esa posición le dice a Sonia Lara que está detenida por el homicidio del subcomisario Ocaña.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

38. La cosa más extraña jamás vista por el hombre

No sabría muy bien explicar cómo pasó, pero el caso es que cuando llegué a la puerta principal del club Centellas iba a lomos del alosaurio. De alguna manera, el dinosaurio y yo nos entendíamos. Éramos dos seres separados por millones de años y algunas dimensiones y, sin embargo, compartíamos un extraño vínculo. No era telepatía —yo no le daba órdenes ni le decía por donde ir o qué hacer— ni nada parecido. Simplemente se me ocurrió subirme a sus espaldas y él aceptó, casi como si la idea fuera suya, y fuimos a toda la velocidad que le daban sus poderosas patas, al rescate de Sonia Lara.
El Centellas era un pequeño chalet viejo, muy modesto, en comparación con los otros clubs de alterne de los alrededores. De dos pisos, tenía la fachada pintada de azul, rejas en todas las ventanas y un neón con su nombre bajo el alero del tejado. Un murete delimitaba el perímetro de la propiedad, que incluía media docena de plazas de aparcamiento y un cobertizo prefabricado. Había tres coches y una motocicleta estacionados allí. Probablemente clientes habituales, de los que gustaban de disfrutar de un café torero con mamada antes de irse a ver el fútbol.
Como cabalgar un monstruo jurásico era un buen elemento sorpresa, optamos por irrumpir por delante en lugar de por detrás. El gorila, porque no parecía otra cosa, que custodiaba la entrada corrió hacia dentro del local en cuanto nos vio. Gritó como un histérico. Juancho —así había bautizado al alosaurio— era increíblemente rápido, algo inconcebible para un bicho de su peso y altura; sin pensarlo mucho, dobló la esquina derecha del club, donde habíamos visto antes subida la persiana metálica del almacén, y se metió hasta dentro tanto como le permitió su bestial corpulencia. Había un fulano allí, apilando unas cajas vacías de refrescos. El alosaurio lo atrapó con sus poderosas mandíbulas y lo partió en dos con un estruendoso crujir de huesos.
Salté de la espalda del alosaurio y aterricé sin problemas en el suelo. La puerta que comunicaba el almacén con el interior del local estaba abierta, así que corrí hacia ella con la escopeta dispuesta. Juancho, entre tanto, empezó a devorar los despojos de su víctima mientras golpeaba todo el edificio desde la calle con la cola, generando una algarabía infernal.
Toda la furia acumulada se detonó en mi interior.
El mundo que me rodeaba palpitaba al unísono de mis latidos. Podía verlo todo con una nitidez cristalina, pura alta definición para mis sentidos. El local estaba pintado de rojo, había lámparas ambarinas colgando del techo, una larga barra justo enfrente de mí, gruesas cortinas que no dejaban atravesar la luz exterior, y un montón de taburetes que, en ese momento, volaban arrollados por las chicas y los clientes que corrían como pollos sin cabeza, más asustados por los alaridos del gorila de la puerta que de la presencia del dinosaurio —al que no podían haber visto—. Supongo que mi arma tampoco ayudó a tranquilizar a la parroquia. La absurda música que salía del televisor, algo así como bachata, y el denso olor a desinfectante terminaban de darle el toque pandemónico al puticlub.
Hice una rápida composición de lugar.
A mis doce, el camarero y una de las chicas desaparecían por detrás de la barra tras una puerta, que debía conducir a una cocina, al tiempo que un fulano saltaba el mostrador con una pistola en ristre. Ahí podía tener a uno de los criminales de la banda.
A la izquierda, mis nueve, un putero y dos chicas huían por la puerta principal sin mirar atrás. El tío corría con un vaso de cubata en la mano, que se derramaba a su paso, en tanto que ellas, prácticamente desnudas, se daban buena maña en batir el récord de los cien metros lisos con tacones de aguja.
A mis dos, un cliente se había tirado al suelo detrás de una mesa que volcó a propósito. Quedarse con el ombligo pegado al parqué de vinilo fue su mejor opción.
Detrás de él, tres chicas corrían en desbandada hacia el fondo, a las escaleras que subían al piso de arriba. Sus carnes relativamente apetecibles se bamboleaban con vehemencia, presas del pánico, en su retirada.
El gorila de la entrada y otro hombre de idénticas trazas, venían hacia mí a mis tres.
Por último, a mis cinco quedaban los reservados, cuyo interior quedaba oculto tras un telón rojo, pero que por los gritos podía adivinar que al menos había otro cliente con una chica que no creía que fueran a darme problemas.
El de la pistola me disparó en pleno vuelo. Tres veces que sonaron como una. Tres impactos directos al pecho, que fueron como un mazazo. El cabrón era bueno. Repliqué tirando del gatillo de la Frenchi mientras el kevlar del chaleco antibalas detenía los proyectiles y me sacaba todo el aire de los pulmones. El empujón de los impactos me desvió de la trayectoria de carga de uno de los empleados de seguridad del Centellas, que aún así acertó a darme un puñetazo en la cara. Por suerte, estaba acostumbrado a encajar este tipo de golpes, por lo que casi no me dolió. El otro gorila —mi viejo amigo el de la puerta— no se detuvo, siguió corriendo hacia la salida.
Mi disparo del calibre 12 le arrancó medio torso al sicario, que se estrelló contra el suelo convertido en jirones de carne picada. El familiar olor a hierro de la sangre, sangre roja y humana al cien por cien —lo que a aquellas alturas era verdaderamente tranquilizador—, se sobrepuso al de la pólvora en mis pituitarias.
Me deshice del gorila bateándole el cráneo con la escopeta. Me jodió el cañón, pero su parietal derecho se hundió hacia dentro como la cáscara de un huevo duro.
Me había quedado solo en el bar del local.
Desenfundé las pistolas y, sin perder un segundo, corrí a inspeccionar la cocina y el reservado. En la primera no había nadie. En el segundo había un muchacho que se había cagado encima abrazado a una africana que le doblaba la edad y centuplicaba el tamaño de los pechos. Les hice un gesto para que salieran de allí. Me dirigí entonces al pasillo del fondo, donde eché un ojo a los cuatro dormitorios —Cortinas estampadas. Edredones horrendos. Camas bajas y hundidas. Enormes espejos de pared. Diminutos cuartos de baño con bidets amarillentos—, antes de subir las escaleras.
Arriba no cesaban los gritos.
Alguien que no era yo amartilló un arma.