miércoles, 19 de noviembre de 2014

38. La cosa más extraña jamás vista por el hombre

No sabría muy bien explicar cómo pasó, pero el caso es que cuando llegué a la puerta principal del club Centellas iba a lomos del alosaurio. De alguna manera, el dinosaurio y yo nos entendíamos. Éramos dos seres separados por millones de años y algunas dimensiones y, sin embargo, compartíamos un extraño vínculo. No era telepatía —yo no le daba órdenes ni le decía por donde ir o qué hacer— ni nada parecido. Simplemente se me ocurrió subirme a sus espaldas y él aceptó, casi como si la idea fuera suya, y fuimos a toda la velocidad que le daban sus poderosas patas, al rescate de Sonia Lara.
El Centellas era un pequeño chalet viejo, muy modesto, en comparación con los otros clubs de alterne de los alrededores. De dos pisos, tenía la fachada pintada de azul, rejas en todas las ventanas y un neón con su nombre bajo el alero del tejado. Un murete delimitaba el perímetro de la propiedad, que incluía media docena de plazas de aparcamiento y un cobertizo prefabricado. Había tres coches y una motocicleta estacionados allí. Probablemente clientes habituales, de los que gustaban de disfrutar de un café torero con mamada antes de irse a ver el fútbol.
Como cabalgar un monstruo jurásico era un buen elemento sorpresa, optamos por irrumpir por delante en lugar de por detrás. El gorila, porque no parecía otra cosa, que custodiaba la entrada corrió hacia dentro del local en cuanto nos vio. Gritó como un histérico. Juancho —así había bautizado al alosaurio— era increíblemente rápido, algo inconcebible para un bicho de su peso y altura; sin pensarlo mucho, dobló la esquina derecha del club, donde habíamos visto antes subida la persiana metálica del almacén, y se metió hasta dentro tanto como le permitió su bestial corpulencia. Había un fulano allí, apilando unas cajas vacías de refrescos. El alosaurio lo atrapó con sus poderosas mandíbulas y lo partió en dos con un estruendoso crujir de huesos.
Salté de la espalda del alosaurio y aterricé sin problemas en el suelo. La puerta que comunicaba el almacén con el interior del local estaba abierta, así que corrí hacia ella con la escopeta dispuesta. Juancho, entre tanto, empezó a devorar los despojos de su víctima mientras golpeaba todo el edificio desde la calle con la cola, generando una algarabía infernal.
Toda la furia acumulada se detonó en mi interior.
El mundo que me rodeaba palpitaba al unísono de mis latidos. Podía verlo todo con una nitidez cristalina, pura alta definición para mis sentidos. El local estaba pintado de rojo, había lámparas ambarinas colgando del techo, una larga barra justo enfrente de mí, gruesas cortinas que no dejaban atravesar la luz exterior, y un montón de taburetes que, en ese momento, volaban arrollados por las chicas y los clientes que corrían como pollos sin cabeza, más asustados por los alaridos del gorila de la puerta que de la presencia del dinosaurio —al que no podían haber visto—. Supongo que mi arma tampoco ayudó a tranquilizar a la parroquia. La absurda música que salía del televisor, algo así como bachata, y el denso olor a desinfectante terminaban de darle el toque pandemónico al puticlub.
Hice una rápida composición de lugar.
A mis doce, el camarero y una de las chicas desaparecían por detrás de la barra tras una puerta, que debía conducir a una cocina, al tiempo que un fulano saltaba el mostrador con una pistola en ristre. Ahí podía tener a uno de los criminales de la banda.
A la izquierda, mis nueve, un putero y dos chicas huían por la puerta principal sin mirar atrás. El tío corría con un vaso de cubata en la mano, que se derramaba a su paso, en tanto que ellas, prácticamente desnudas, se daban buena maña en batir el récord de los cien metros lisos con tacones de aguja.
A mis dos, un cliente se había tirado al suelo detrás de una mesa que volcó a propósito. Quedarse con el ombligo pegado al parqué de vinilo fue su mejor opción.
Detrás de él, tres chicas corrían en desbandada hacia el fondo, a las escaleras que subían al piso de arriba. Sus carnes relativamente apetecibles se bamboleaban con vehemencia, presas del pánico, en su retirada.
El gorila de la entrada y otro hombre de idénticas trazas, venían hacia mí a mis tres.
Por último, a mis cinco quedaban los reservados, cuyo interior quedaba oculto tras un telón rojo, pero que por los gritos podía adivinar que al menos había otro cliente con una chica que no creía que fueran a darme problemas.
El de la pistola me disparó en pleno vuelo. Tres veces que sonaron como una. Tres impactos directos al pecho, que fueron como un mazazo. El cabrón era bueno. Repliqué tirando del gatillo de la Frenchi mientras el kevlar del chaleco antibalas detenía los proyectiles y me sacaba todo el aire de los pulmones. El empujón de los impactos me desvió de la trayectoria de carga de uno de los empleados de seguridad del Centellas, que aún así acertó a darme un puñetazo en la cara. Por suerte, estaba acostumbrado a encajar este tipo de golpes, por lo que casi no me dolió. El otro gorila —mi viejo amigo el de la puerta— no se detuvo, siguió corriendo hacia la salida.
Mi disparo del calibre 12 le arrancó medio torso al sicario, que se estrelló contra el suelo convertido en jirones de carne picada. El familiar olor a hierro de la sangre, sangre roja y humana al cien por cien —lo que a aquellas alturas era verdaderamente tranquilizador—, se sobrepuso al de la pólvora en mis pituitarias.
Me deshice del gorila bateándole el cráneo con la escopeta. Me jodió el cañón, pero su parietal derecho se hundió hacia dentro como la cáscara de un huevo duro.
Me había quedado solo en el bar del local.
Desenfundé las pistolas y, sin perder un segundo, corrí a inspeccionar la cocina y el reservado. En la primera no había nadie. En el segundo había un muchacho que se había cagado encima abrazado a una africana que le doblaba la edad y centuplicaba el tamaño de los pechos. Les hice un gesto para que salieran de allí. Me dirigí entonces al pasillo del fondo, donde eché un ojo a los cuatro dormitorios —Cortinas estampadas. Edredones horrendos. Camas bajas y hundidas. Enormes espejos de pared. Diminutos cuartos de baño con bidets amarillentos—, antes de subir las escaleras.
Arriba no cesaban los gritos.
Alguien que no era yo amartilló un arma.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Albaville: el libro

Puedo anunciar (con cierta prudencia) que Albaville verá la luz en formato libro (libro de verdad, con sus páginas, sus portadas y demás) para estas Navidades. Será una edición muy muy limitada, así que si quieres uno más vale que me lo digas -ahí en los comentarios, o por mail-. El precio final rondará los 12 leuros.
Evidentemente, no voy a quitarlo del blog, así que siempre puedes leértelo gratis, pero si eres de los que les gusta el tacto del papel, el olor de la tinta y doblar estanterías bajo el peso de tu biblioteca esta es tu oportunidad.
¡Ya no tienes excusa para no leerme, pájaro!

miércoles, 12 de noviembre de 2014

37. Lagarto extraño

El teniente Ramos había asegurado que el asalto al puticlub de los sicarios —me extrañó que no tuvieran un apodo, del tipo la Banda del Chucha, o así; supongo que de estas cosas se encarga la prensa— era cuestión de horas, pero yo no podía, ni quería, esperar. A mí no me importaban las pruebas, ni detenerlos. Está mal que yo lo diga, pero sus vidas no podían importarme menos.
Mi plan era muy sencillo: entrar a sangre y fuego, encontrar a Sonia Lara, y no dejar de disparar hasta que los dos hubiéramos salido del local. Según el guardia civil, sólo eran seis fulanos. «Extremadamente peligrosos y violentos», había dicho Ramos. Bueno, así me sentía yo así que, por ese lado, estábamos a la par.
Luego estaba el tema de su superioridad numérica. Era fácil suponer que en su negocio tendrían algunos gorilas a sueldo, pero no creía que más de cuatro o cinco, y no precisamente del tipo que interponen sus pectorales en la trayectoria de las balas para proteger a sus jefes. En cuanto comenzasen los disparos, les iba a faltar calle para correr. Tampoco conocía el sitio, el personal que podía haber allí, la disposición de las habitaciones, las entradas, las salidas y la posible ubicación de Sonia Lara (que, poniéndonos estrictos, tampoco tenía garantías de que estuviera allí).
Pero no era cuestión de detenerse en los detalles. A fin de cuentas, venía de cargarme a un empresario y ciudadano de pro por las bravas, dejando bien claro que me importaban un huevo las repercusiones de mis últimos actos. Esto sólo podía acabar de una manera.
Así que cogí el Fiesta y lo conduje como un perturbado por las calles de la ciudad, hasta llegar a las afueras. Tomé una de las vías de tierra que conducen a las urbanizaciones y parcelas domingueras de los albavilenses para aproximarme al Centellas por detrás, derrapando en las curvas comidas de graba y saltando en los baches como en una atracción de feria. Qué eran unos cuantos golpes en la cabeza contra el techo del coche cuando me esperaba la muerte. Claro que el demiurgo de Albaville, ese simpático hijoputa que no hacía más que arrojarme monstruos a mis pies, no estaba dispuesto a rendirse. No tengo que decirlo, ¿verdad?
El alosauro estaba en mitad del camino.
Por un segundo, apenas un parpadeo, pensé en acelerar y embestirlo. A tomar por culo con el dinosaurio. Pero el segundo pasó, y lo que hice fue dar un volantazo, hacer un trompo y aterrizar en mitad de un bancal en barbecho. El coche no volcó de milagro pero, por cómo humeaba el motor y la posición en que quedaron las ruedas, tampoco parecía que fuera a arrancar nunca más.
Genial.
Ahora sólo faltaba que el bicho viniera a comerme.
Salí del automóvil con más dificultades que un becerro del útero de su madre, frente a la atenta mirada de la bestia más grande, feroz y asesina sobre la faz de la tierra de su época. Resopló al verme. Fui al maletero, que se abrió a la primera, y tomé el chaleco antibalas y todas las armas que había podido reunir. Aquella piel grisácea aparentaba ser capaz de resistir sin problemas un disparo de escopeta, así que no sabía qué hacer.
Porque aquello era una puta locura.
Reptilianos, marcianos y ahora el saurio de los bultos raros por encima de los ojos y las zarpas de Freddy Krueger. El alosaurio que, mira por donde, había logrado materializarse en mi realidad del todo, porque no se volatilizaba como las veces anteriores. Y por los gritos lejanos que escuché, también debía ser visible para el resto de los comunes.
Nos miramos largamente, sin mover apenas un músculo. Un duelo de miradas que ríete tú de Sergio Leone. Ahí me hubiera gustado ver a Clint Eastwood, frente al bicharraco antediluviano de 6 metros de alto, cinco mil kilos de peso y enormes y profundos ojos amarillos.
—¡QUÉ! —grité—. ¿Qué cojones quieres de mí?
El alosaurio me devolvió el grito. Un bramido hondo, que restalló como un látigo, levantó estelas de polvo y me llenó las fosas nasales del olor de la carne podrida. El aliento de un perro, en comparación, era Channel nº5.
Maldita sea, me dije, no tengo tiempo para esto. Y era verdad. Me había accidentado a un par de kilómetros del puticlub de los asesinos, con lo que tendría que darme una carrera hasta allí, campo a través, cargado de cartuchos y pistolas, si quería llegar antes de la hora límite de Hoffman. El dinosaurio era un enigma, un misterio del que no podía hacerme cargo en ese momento porque iba con el tiempo pegado al culo.
No me decidía a encañonarle porque parecía dispuesto a atacarme a la menor provocación y, aunque no me importaba morir en el Centellas, la idea de acabar mis días como tapa a una criatura del Jurásico no me emocionaba.
—Vete —le dije—. Vuelve mañana.
El alosaurio se incorporó y sacudió su larga cola. Parecía divertirse a mi costa. Era como si realmente pudiera entenderme, el muy cachondo. Le dediqué una nueva mirada, una sin miedo, ni amenaza. Él no estaba asustado, sólo permanecía a la expectativa, a ver qué le deparaba Albaville. Como yo cuando llegué aquí. Sentí cierta empatía hacia él. Al final, ambos éramos forasteros en tierra extraña. Ojalá fuera posible una alianza entre los dos. Sería digno de verse. Un extraño pensamiento cruzó por mi mente. Podría amaestrarse. Dicen que su cerebro es más parecido al de los pájaros que al de un reptil, y si había gente que había domesticado cuervos, palomas o periquitos, quizás pudiera hacerse.
Lo dicho, una puta locura.
El gigante avanzó hacia mí, despacio, y comprendí que, más allá de lo surrealista de la situación, el alosaurio jamás sería un animal doméstico. Era un ser demasiado imponente para someterse a la voluntad de otro. Pero tampoco quería atacarme, eso era evidente. Así que no tenía ni idea que lo íbamos a hacer.