miércoles, 23 de abril de 2014

08 La llave de plástico

Muñecas y muñecos. Supongo que debía de haber alguna lógica intrínseca en que dueño de una casa de putas jugase con playmóbiles. Según el informador de Wisseman, Monje los tenía a cientos, en su chalet. Modelos específicos, antiguos, de hace veinte o treinta años. Formando dioramas. Es más, hasta tenía a una persona que, a cambio de un porcentaje, le localizaba y compraba material en las subastas de internet y mercadillos de todo el país para completar su colección. La competencia de Monje conocía su afición, casi podía decirse que era vox populi dentro del mundillo, pero no sabían cómo utilizar esta información. Nosotros teníamos las ideas más claras, además de la dirección del marchante de muñecos, así que fuimos a hacerle una visita.
Como siempre pasa en esta ciudad, tardamos más en aparcar el coche que en llegar. Nos plantamos ante una casa vieja, de una sola planta, en la calle Tejares. Desde la ventana enrejada nos miraba un gato blanco y negro con aire aburrido. Su dueño nos abrió la puerta con idéntica expresión. Ni siquiera parpadeó cuando le enseñamos las placas. Aaron McKagan, rozando los cuarenta, alto (no sé cuántos pies pondría Wissemann, pero nos sacaba una cabeza a ambos), y delgado, enfundado en un chándal Adidas que tenía pinta de ser su uniforme de diario.
Nos hizo pasar al pequeño salón, atestado de figuritas de porcelana y tapetes de ganchillo. Estaban por todas partes, evidenciando una reacción compulsiva al horror vacui. Su madre trasteaba en la cocina, preparando con tiempo una cena que, por el olor, no tenía pinta de ser precisamente frugal. La mujer, concentrada en su tarea, ni siquiera se asomó a curiosear.
Más que sentarse, McKagan se plegó en un diminuto sofá que le dejó con las rodillas a la altura del pecho. Nosotros nos acomodamos en dos sillas.
—¿Y bien, qué se les ofrece?
—¿A qué se dedica usted exactamente, señor McKagan?
—Bueno, podría decirse que soy intermediario. Busco en internet cualquier cosa que tenga interés, sobre todo dentro del mercado del coleccionismo, lo adquiero y lo revendo. Todo legal, nada de procedencia ilícita, por supuesto.
—¿Cosas cómo qué?
—De todo. Cualquier objeto es susceptible de ser coleccionada, si es lo suficientemente antigua o rara. Hay cosas que se revalorizan con el tiempo y otras que no son más que basura. Antigüedad y rareza son las claves. Cuanto más raro y antiguo, mejor. Yo busco, comparo precios, referencias, y los adquiero para coleccionistas o para revenderlos en mercados especializados…
—No parece tan complicado —dije—. Y menos con internet al alcance de cualquiera…
McKagan abandonó por un momento su apatía para sonreír.
—Se necesita un amplio conocimiento del mercado. Manejar mucha bibliografía. Tener contactos en todo el mundo. Y desarrollar cierta psicología… Sí, cualquier coleccionista aficionado puede meterse en internet y buscar lo que quiere, y si le sobra el dinero, seguro que no le importa pagar lo que sea por darse el capricho… Los coleccionistas profesionales son otra cosa. Yo suelo trabajar para estos segundos.
—¿Qué nos dice de Javier Monje? Usted compra playmóbiles para él. ¿Es un aficionado o un profesional?
Los ojos de McKagan nos lanzaron una mirada gélida. Su fibroso cuerpo se tensó debajo del chándal. No parecía la clase de individuo que crea problemas a la policía, pero nunca se puede estar seguro del todo. Los ruidos de la cocina marcaron la pausa de nuestra conversación. McKagan se irguió muy despacio en toda su altura.
—¿Cuánto se lleva usted de cada operación? —intervino Wissemann, poniéndose en pie ante él—. ¿Un 5 por ciento? ¿Un diez? ¿Declara usted esas ganancias a Hacienda, señor McKagan? ¿Está dado de alta como autónomo?
El gigante del chándal se quedó congelado. Plantado como una estatua en el epicentro de la vorágine de pañitos y Lladrós de imitación, McKagan se rindió enseguida.
—Un aficionado —dijo—. Posee ciertos conocimientos sobre ese tipo de juguetes, pero definitivamente, el señor Monje no controla bien el mercado. Yo…
—Usted compra muñecos para él —le corté—. Y como Monje es un aficionado que no sabe de precios, seguro que su beneficio es un poco más alto de lo habitual, ¿no?
McKagan se encogió de hombros por toda respuesta.
—Vuelve a sentarte, McKagan —ordenó Wisseman, mientras le ponía una mano en el hombro—, y explícanos de qué va eso de los playmóbiles.
—Ahora nosotros somos los intermediarios —dije, subrayando las palabras con mi mejor sonrisa de lobo.

miércoles, 16 de abril de 2014

07 Dos cafés solos largos

Desconecté después de comer. Fui a casa, descolgué el teléfono, me tumbé en el sofá y dejé la mente en blanco. Literalmente. Tengo un sistema infalible. Pienso en un folio en blanco. Lo visualizo, y me relajo. Un folio inmaculado no representa nada —a menos, supongo, que seas escritor o dibujante—, no puede hacerte daño, ni influirte de ninguna forma. Mente en blanco. Pruébalo.
Duermes mejor.
Luego te despiertas y los problemas siguen ahí, todo lo malo, pegado a tus suelas como un chicle en agosto, y entonces te maldices a ti mismo por haberte quedado frito cuando tienes un millón de cosas que hacer, pero en el fondo sabes que te encuentras mejor, con las pilas cargadas, y la mente puesta en el caso y no en alosaurios fantasmas.
Turno doble para el caballero y el siguiente movimiento, obligado, era ver cómo me las apañaba para acercarme a Monje y sonsacarle lo que supiera del caso. Tenía la dirección de su casa, la de su oficina y la de su club de alterne: El Luxxury. Con dos equis, nada menos. No era el mayor de la ciudad; ubicados tradicionalmente en los primeros tres kilómetros de la carretera de Jaén, el puticlub más grande de Albaville era el Don Angelo, propiedad de un venelozano.
Me intimidaba pensar que, quizás, el proxeneta pudiera tener bien cubiertas las espaldas, como se dejaba entrever por los informes de Ocaña y su aparente insignificancia para la Brigada. Tampoco podía amenazarle con redadas, y aunque lograra que un juez me firmase una orden, seguro que no encontraría en sus locales ni menores de edad, ni inmigrantes ilegales, ni drogas, ni nada con lo que apretarle las clavijas. Necesitaba dar con algo con lo que forzarle a negociar y tenía que descubrirlo cuanto antes, porque tenía el amargo presentimiento de que cuantas más vueltas diéramos en este caso, más negro se iba a poner el final.
Llamé a Wissemann y lo puse al tanto de mis últimos descubrimientos. Mi compañero sabía de un bar donde solían acudir los proxenetas a reponer fuerzas a media tarde. Nos citamos allí en media hora.
El sitio se llamaba Leuven 11. Anodino y sin personalidad, como el 90 por ciento de los bares de la ciudad. Mesas diminutas, sillas de plástico, cincuenta tipos de tés absurdos para tomar y dos televisores de plasma sintonizados a todo volumen en un canal especializado en tetonas atáxicas que graznan. Wissemann se acercó a la barra a pedir dos cafés, invitaba yo, y se acomodó en una de las mesas. Le imité y nos dedicamos a examinar con detenimiento a la media docena de parroquianos allí congregados. Casi todos gente del barrio, nada anormal. La pelagra se sentaba en una mesa del fondo. Tres tipos que charlaban amigablemente. Tres chuloputas tan normalizados como el bar. No conocía a ninguno, pero Wissemann sí. Me señaló con un gesto al más alto.
—Estoy seguro de que ese es nuestro hombre.
—¿Trabaja para Monje?
—Lo más seguro. Ha prosperado bastante en los últimos cinco años. Antes chuleaba a un par de pobres yonquis y ahora gasta zapatos de trescientos pavos. Y ni una detención en todo este tiempo…
Volví a mirar al chulo. Un fulano insignificante, nada a destacar salvo los zapatos. Debía de calzar un 47 o 48 de pie, probablemente por eso había tenido que comprarse unos zapatos a medida y saltarse la uniformidad del bussiness casual. Me pregunté si Monje enviaba circulares internas entre su personal con directrices sobre vestimenta y comportamiento en el lugar de trabajo. Seguro que beber entre horas estaba prohibido.
Bigfoot se levantó para ir al baño, y Wissemann hizo lo mismo. Yo me quedé para cubrirle y tener vigilados a los otros dos. Cuando la puerta que daba a los servicios se cerró, me llevé la mano a la sobaquera con disimulo y le quité el cierre a la pistola.
Por el brillo en los ojos azules de Wissemann supe que no me gustaría ser ese chulo.
Fueron cinco minutos que se hicieron como cinco horas. Los amigos del sujeto no se mostraban inquietos por la tardanza de su colega, pero yo no me fiaba. Wissemann y yo éramos unos desconocidos en un bar de barrio. Un pelirrojo con cara de pájaro y un calvo con un bulto bajo la axila. El colmo del disimulo. Sólo nos había faltado sentarnos bajo un letrero luminoso de «Reservado para la Policía». Y sin embargo, todo el mundo seguía con su vida como si yo no estuviera. Reconocí esa sensación que yo no tenía: se sentían a salvo. Sin nada que temer.
Hay que joderse.
Por fin, Wissemann reapareció, atusándose el pelo cobrizo como si nada. Dejé tres monedas sobre la mesa, junto a los cafés que apenas habíamos probado, y salimos de allí, directos al coche.
—¿Qué? —pregunté, impaciente.
—No ha ido mal. Apenas me ha hecho sudar. Él, en cambio, necesitará una ducha y calzoncillos nuevos…
—Suéltalo de una vez, Wissemann.
—Bueno, ese tipo es un mierdecilla, un chuloputas de medio pelo dentro del negocio, pero no trabaja para Monje sino para la competencia. No me ha dicho casi nada útil, pero…
—¿Pero qué?
—No sé qué pensar. Parece que el único vicio que tiene Monje, su única pasión más allá de enriquecerse con la prostitución, es su colección. Según ese gilipollas de ahí dentro, Monje está obsesionado con los playmóbiles.

miércoles, 9 de abril de 2014

06 Tortilla de patatas

Lo del dinosaurio me dejó atontado. Volví a mirar pero allí no había ningún bicho antediluviano, así que supuse que podía haber sido un espejismo, una alucinación provocada por el estrés. Eso, o me estaba volviendo loco, por qué no, cualquier cosa antes de que apareciera de verdad un dinosaurio, porque podía tolerar sin problemas el mínimo porcentaje de particularidades de Albaville, pero no que las cosas comenzasen a ponerse raras, pero raras de verdad.
Con más hambre que inquietud, todo sea dicho, fui al pub del Portugués. Aunque se supone que su local no puede vender comida, nunca faltan platos calientes para los habituales. Los miércoles suele preparar una tortilla de patatas a nivel de madre, una cosa soberbia, que siempre sirve con un palmo de barra de pan.
El Portugués nunca sale de su local. Duerme en el piso de arriba, al que se accede desde el almacén. Todo lo que necesita del exterior se lo llevan al bar, y no tiene familia ni amigos que visitar. Ni siquiera creo que vaya al médico o al banco. Supongo que debe tener en alguna parte un ordenador con internet y un teléfono para poder mantener su estatus de ermitaño frente a Albaville. Como viajero del tiempo desengañado, tampoco tiene relojes a la vista. Para el Portugués no existe el ayer-hoy-mañana, renegó del tiempo y creo que por eso intenta vivir en un perpetuo día de la marmota.
Le entiendo perfectamente.
Ambos estamos viviendo una vida que no es la nuestra. Una vida con todos los recuerdos, conocimientos y experiencias de una existencia en Albaville como si realmente fuéramos oriundos de este universo. No puedes ni imaginar lo doloroso que resulta sufrir esta sensación de bilocación, esta vida doble donde todo lo que te rodea es nuevo y viejo a la vez, familiar y desconocido, propio y ajeno. De ahí que, fuera del recogimiento hogareño, el cerebro se protege de caer en la esquizofrenia dejando que la consciencia albavilense coja el volante.
El Portugués no abandona su negocio porque reniega del tiempo y de su nuevo yo. Se refugia, se atrinchera tras la barra del pub, rechazando el mundo que le cayó en gracia, temeroso de que un roce excesivo con Albaville le haga olvidarse de quién es y de dónde viene en realidad. Es un miedo que comparto, pero dado que a mí no me queda otra que salir y sacarme las castañas del fuego, procuro conservar la parte albaceteña en mi piso, junto con los discos de Soundgarden y Kings of Leon, que han resistido inmutables el trueque interdimensional.
—Me ha parecido ver antes un dinosaurio —le dije, una vez tuve un cuarto de tortilla humeante, el pan y una Mahou roja delante.
—¿Qué tipo de dinosaurio? —preguntó él, poco impresionado con mi declaración.
—No sé. Uno grande. Parecía un T-Rex.
—Espera un minuto. —El Portugués salió de detrás de la barra y fue hacia uno de los rincones del local, donde tenía una estantería atestada de libros de todo tipo. Escudriñó varias baldas hasta dar con un gran tomo casi desencuadernado. Un libro de dinosaurios, cómo no. Me lo pasó y regresó a su posición inicial, entre la caja registradora y los grifos de cerveza.
—No me jodas… —protesté—. Esto es un libro para críos.
—Échale un vistazo, coño.
Lo encontré en las páginas dedicadas al Jurásico. Un alosaurio. Leí en voz alta su descripción, sin miedo a que nos tomaran por idiotas porque a esas horas estábamos los dos solos en el pub. Alosaurio. Terópodo. Principal depredador del Jurásico. Bípedo. Mandíbulas enormes. Infinito juego de dientes aserrados. Pesada cola. Crestas sobre los ojos. Entre 5 y 8 metros de alto, por 12 de largo y unas 2 toneladas de peso. Patas delanteras cortas con garras afiladas. En el libro aparecía coloreado de marrón con rayas verdes desde el cuello hasta la punta de la cola, pero el que yo había creído ver era gris. Como un rinoceronte. Tan gris como el hormigón.
—Muy majo el alosaurio. ¿Qué crees que significa?
—¿Significar? Nada. Sólo ha sido una alucinación provocada por la tensión y el exceso de trabajo.
—¿De veras lo crees?
Se encogió de hombros.
—Más nos vale.
El Portugués. Hace la mejor tortilla de patatas de esta dimensión, pero tranquiliza de puta pena.