miércoles, 20 de agosto de 2014

25. Una noche pintada de negro

A mitad de camino le dije al taxista que se parase y me bajé del coche. Puede que fuera por el cansancio, por el alcohol del Portugués, por la medicación que aún rondaba por mis venas, por remordimientos, o porque, sencillamente, si escuchaba un minuto más de vocinglerío futbolístico iba a organizar mi propio Puerto Hurraco, pero necesitaba tomar el aire.
Estaba en el parque Lineal, a apenas cien metros de donde había perdido a Sonia Lara. Me senté, más bien me derrumbé, en uno de los bancos. Eran cerca de la una de la mañana y refrescaba. Al ser viernes, todavía había trajín por la calle, gente de todas las edades con ganas de divertirse, bailar, tomar unas copas, conocer a alguien… Todo muy normal, muy humano. Había un abuelo con un perro de tres patas, paseando a lo lejos mientras se echaba un cigarro. Me entraron ganas de fumar.
Una señora de unos sesenta años se sentó de pronto a mi izquierda. Era rubia y menuda. Vestía un ceñido traje de ejecutivo hecho a medida. Enseguida me dio mala espina.
—Buenas noches, inspector Laespada —dijo—, soy Diana Preston.
Sus ojos se clavaron en mí. No sonrió al presentarse, pero tampoco había gravedad en su voz. Estaba tan cansado que me vi incapaz de reaccionar, así que me limité a quedarme como estaba, a lo Forrest Gump. Ella confundió mi agotamiento con indiferencia.
—Inspector —insistió—, tenemos que hablar.
—La vida es una caja de bombones.
La mujer me miró sin comprender, pero siguió adelante.
—Soy Diana Preston. Trabajo para el CNI, pero no me han enviado ellos. Esta conversación es idea mía —hablaba rápido y con mucha seguridad, lo que me auguraba un largo discurso. Al menos parecía sincera—. Dada su demostrada beligerancia y lo grave de la situación actual, creí que lo mejor sería mostrarnos a usted de forma más abierta. Se ha peleado con mis hombres, ha desafiado nuestra autoridad y comprometido la investigación de un asunto de seguridad nacional, e incluso su propio caso de homicidio. Créame cuando le digo que estoy aquí de buena fe y para ayudarnos mutuamente.
—¿Para eso me ha seguido hasta aquí?
—No le he seguido, sino que le he localizado a través de su móvil. He venido sola ante usted. Eso debería significar algo —ahora sí que me sonrió; como un tiburón, pero no dejaba de ser una sonrisa.
Saqué el teléfono móvil y lo apagué. Miré en derredor. No había nadie cerca, aparte del viejo y su perro cojo. Muy tranquilo todo.
—Pues hable, señora Preston. Esta noche estoy muy receptivo. Sólo le pido que se ahorre las mentiras y las amenazas, que ya es muy tarde…
—Antes que nada, quiero asegurarle que nosotros no hemos tenido nada que ver con lo sucedido con Sonia Lara. Su secuestro nos ha cogido tan de sorpresa como a ustedes. Nosotros no la tenemos. De hecho, para nosotros carecía de interés. Al menos hasta ahora. ¿Alguna idea al respecto?
—Si lo que quiere saber es si sospecho quién o por qué se han llevado a Lara, la respuesta oficial es que se están estudiando todas las posibilidades. La no oficial es que no tenemos ni puta idea.
Preston dejó escapar un largo suspiro.
—Su forma de trabajar es bastante peculiar, inspector.
—¿Ah, sí?
—Se coló en el piso donde murió Ocaña. Forzó la cerradura.
—En su piso. Su laboratorio más bien. ¿Qué demonios hacían allí, señora Preston? Porque según Marcos Chaney…
—¿Ha hablado con ese individuo? —Preston se escandalizó.
—Y veo por su reacción que no le hace ninguna gracia. Lo que, en cierto modo, casi da a entender que los desvaríos de Chaney podrían tener algo de verdad. ¿El CNI anda buscando reptilianos, señora Preston?
—Absurdo. Chaney es un perturbado conspiranoico que con sus idioteces sobre lagartos no hace más que poner en peligro nuestro trabajo. Sus presuntas revelaciones arruinan la necesaria discreción de nuestros operativos.
—Operativos que incluyen un picadero lleno de cámaras y micrófonos, que ofrece a sus invitados drogas y prostitutas. Más bien parece un plan para extorsionar a pardillos de alto nivel. ¿Qué hacían allí, señora Preston? ¿Los drogaban y los hacían silbar El Puente sobre el río Kwai?
—Escuche. Este método no es nuevo. La CIA en los 60 y 70 utilizaba pisos francos en donde celebraban fiestas y orgías en las que se le suministraban drogas hipnóticas, sueros de la verdad y LSD a los sujetos marcados como sospechosos de ser agentes comunistas. Nosotros no hemos hecho más que una versión modernizada de aquello.
—Pero ustedes no buscan comunistas, sino reptilianos.
—Parecer creer más en ellos que el propio Chaney. Es inaudito.
—Y usted sigue sin negarlo —me giré hacia ella—. Mire, señora Preston. Es tarde y estoy hecho bicarbonato. Si quiere algo de mí sería mejor que empezase a contármelo todo desde el principio. Tengo una mente muy abierta y sé mantener la boca cerrada cuando la información lo merece.
—De acuerdo, inspector. Pero tenga claro que lo que voy a decirle es alto secreto.
Bien. Estaba listo para mi momento «entrevista con el Arquitecto de Matrix».

miércoles, 13 de agosto de 2014

24. Otro traguico

Empotrarme con el coche fue lo más tranquilo que me pasó en las horas siguientes a la desaparición de Sonia Lara. Alguna lumbrera de arriba divulgó el cuento de que la mujer había escapado en el vehículo de un cómplice y, aunque se redoblaron los esfuerzos por localizar la furgoneta, lo cierto es que ésta y sus pasajeros parecían haberse esfumado.
En un primer momento, el comisario pidió mi escroto para hacerse una funda para el móvil, pero dado que tampoco podía apartarme del caso, no ahora que éramos noticia nacional, me enterró en papeleo hasta el anochecer. Wissemann también se llevó su parte de bronca, además de tener que pelearse telefónicamente con el seguro de su coche durante cincuenta minutos.
Al menos habíamos sacado en claro dónde había estado Sonia Lara las últimas cuarenta y ocho horas. Tal y como había supuesto, el homicidio había trastornado tanto a la mujer que, después de abandonar su coche en su antiguo barrio, había deambulado por las calles hasta quedarse dormida en el portal de Eugenia Luque. Esta señora, viuda, de setenta años, la encontró «medio muerta», la subió a su casa, y le dio cama y comida hasta que la Lara «recuperó el color», sin pedirle explicaciones.
Cuando trajeron a la señora Eugenia a comisaría para interrogarla, no podía creerse que por hacer el bien a una prójima la tratasen como a una delincuente. Pero tampoco se escandalizó. Era una mujer dura y de ideas fijas. Y quizás la mejor alma de toda la provincia. Apenas hablaron entre ellas esos dos días, pero Eugenia sabía que la otra tenía problemas de los que huir y decidió echarle una mano. Fue ella la que le dejó las llaves del Renault 21 de su hermano a Sonia para que se fuera, y doscientos euros en metálico. Le dijimos a Eugenia que había ayudado a escapar a una presunta asesina, pero ni siquiera parpadeó.
—Si mató a un hombre, por algo sería —fue su respuesta. Luego le preguntó a Wissemann si la víctima era el marido de Lara. Mi compañero no contestó, pero ella debió verle algo en la cara, porque sonrió, como orgullosa de que hubiera un varón menos sobre la Tierra. Tras tomarle declaración, una patrulla la devolvió a su casa.
Abandoné los informes a medio hacer y busqué a mi compañero. Pero Wissemann se había ido ya, en taxi, así que no me quedó más alternativa que ir andando hasta el bar del Portugués para convertirme en un cliché con patas. En mi descargo diré que nunca en mi vida necesité como ese día un trago de algo fuerte.
—Este licor te hará crecer el pelo en ese melón.
El Portugués me puso un vaso de tubo lleno hasta el borde de un líquido pardusco y dejó al lado la botella. El primer trago me arrancó los calcetines de cuajo. Después ya sólo sentí una agradable calidez que se extendía por todo mi cuerpo, apaciguando el dolor de las últimas veinticuatro horas.
Wissemann no había llegado a reprocharme nada, pero sabía que barruntaba la posibilidad de que nuestros amigos del CNI fueran los responsables del secuestro de la sospechosa y de la destrucción de su querido Rodrigo 36.
Yo no lo tenía tan claro. La gente de Chip y Chop se había comportado en todo momento con mucha discreción. Me costaba creer que nuestros espías favoritos hubieran dejado de lado su habitual secretismo para ponerse a jugar al GTA por Albaville sólo para llevarse a Sonia Lara. No era propio de la Operación Fafner.
¿Un ataque reptiliano, entonces? Sólo pensarlo me daba escalofríos. Baqueteado hasta la médula como estaba, lo que menos podía hacer era pensar con claridad, pero tenía que hacer el esfuerzo.
La pregunta clave era qué valor podría tener Sonia Lara. Era muy difícil que supiera en qué mierdas andaba metido su novio. Por mucha cara de actriz porno que tuviera, la Lara era más una inocentona que aspiraba a dejar la soltería que una Kay Adams. Secuestrarla no tenía sentido. Los únicos que tenían verdadero interés en ella éramos nosotros. La Policía.
En mi acorchada cabeza comenzó a tejerse una idea. No hay secuestro sin rescate, así que quien se llevó a Sonia podría querer algo de nosotros. Algo de Ocaña que teníamos nosotros. Me giré en mi taburete y observé el local. Ninguna cara nueva y desconocida en las mesas. Todo estaba igual que siempre.
Sólo podía pensar en la agenda encriptada. En la lista de personas que figuraban allí, marcados como posibles reptilianos, si había de hacerle caso a Marcos Chaney. Tenía la nueva lista y la fotocopia de la agenda en el bolsillo del pantalón. Desdoblé los papeles sobre la barra y les eché un buen vistazo. Tal y como dijo Chaney, no había primeras espadas, pero sí renombrados segundones, de los que no salen en la foto pero estampan su firma en los papeles junto a quienes mandan. Gente de los gremios más diversos: constructores, ganaderos, sindicalistas, deportistas… Casi todos identificados con una única dosis. A los dudosos como Balbuena les daban dos. Había otros que acumulaban hasta media docena de dosis en varias visitas al piso hasta ser descartados. Y había uno dudoso. Tres dosis en dos encuentros y seguía sin dar positivo, pero Ocaña, en lugar de ponerle negativo, lo había etiquetado como «indeterminado».
Podía significar algo.
Quise hablar con Wissemann pero mi teléfono móvil estaba sin batería y tampoco eran horas de llamar, así que desistí y me apuré el licor del Portugués. Estaba tan cansado y borracho que deseé que una Eugenia Luque me recogiera y me acostara, pero esas cosas sólo le pasan a los demás. Con las piernas derretidas de cansancio, le dije al Portugués que me pidiera un taxi que me llevara a casa.
—Despacico, amigo. No hay ninguna prisa —le dije al conductor cuando empezó a hacer crujir la caja de cambios, nada más conectar el taxímetro. El tipo levantó el pie del pedal del acelerador y luego subió el volumen de la radio, como si toda la calle necesitase saber cuántos millones había costado el último fichaje del Madrid.

miércoles, 6 de agosto de 2014

23. Rápido y furioso

Las persecuciones son, por lo general, absurdamente peligrosas. No merecen la pena. Sin embargo, cuando te metes en una, la adrenalina es la que coge el volante.
Sonia Lara se adentró como una exhalación en la Circunvalación, sentido norte, una de las principales arterias de Albaville, siempre atiborrada de vehículos entre otras cosas por ser paso obligado para llegar al otro lado de la ciudad sin pasar por el embudo del centro.
Con la mirada fija en sus faros traseros, la seguí. Adelanté a un autobús y rasqué contra él todo el lateral del pasajero en la maniobra. Tras un volantazo conseguí ponerme a veinte metros del R-21. Circulábamos a 80 km/h y subiendo. Los peatones nos miraban con incredulidad. Los otros conductores nos pitaban como señal de protesta. Me invadió una sensación de fatalidad: aquello no iba a acabar bien.
Superamos la calle Benavente y doblamos hacia la Avenida de Valeriano Belmonte, tomando la rotonda como diablos. No se me podía escapar. Mi coche era más rápido y yo estaba preparado para conducir en situaciones como esta, pero a Sonia debía ayudarle alguna fuerza divina, porque se movía entre los demás coches sin apenas rozarlos.
El R-21 giró a la izquierda, derrapando. Abandonó la vía de sentido único y se metió en Arquitecto Julio Carrilero ignorando cualquier precaución. Sonia conducía a la desesperada, sin saber adónde iba, poniendo en peligro a toda la ciudad.
No podía despegar las manos del volante ni para llamar por radio para no perder el control. Esperaba que la sirena y las luces me ayudasen contra los coches que venían de frente, con los peatones y el tráfico transversal. Quizá era mucho pedir.
Más chirriar de frenos y de neumáticos al girar otra vez a la izquierda para irrumpir en la Avenida de Ramón y Cajal. Sonia cruzó casi de un salto la parte peatonal central y se dirigió en dirección Madrid. Mis cervicales se resintieron cuando la imité.
En la siguiente rotonda —la de la polla gigante—, volantazo a la derecha, y entramos en Cronista Mateo y Sotos. El R-21 se llevó por delante un bolardo de plástico, que voló hasta el carril contrario.
Doble dirección, coches estacionados en doble fila y niños con balones por todas partes. Una pesadilla.
De pronto, una furgoneta Ford Transit oscura se saltó un semáforo en rojo, adelantando a los coches detenidos y obligando a frenar a los que se disponían a cruzar, y se colocó bruscamente entre nosotros dos.
Yo la imité, tocando el claxon para hacerme sitio. Por el retrovisor vi cómo un coche embestía a otro sobre un paso de cebra.
Los tres vehículos enfilamos la recta hasta la rotonda del Paseo de la Cuba, pisando a fondo el acelerador. Oía sirenas por todas partes, pero no veía coches patrulla por ningún lado.
La Transit avanzó hacia Sonia y la embistió sin miramientos.
El R-21 conservó el control pero perdió el cristal trasero.
Estábamos corriendo por encima de los 100 km/h.
Procuré adelantar a otros dos coches que se habían interpuesto entre la furgoneta y yo.
La furgoneta volvió a la carga, destrozando todo el costado izquierdo del coche, pero sin lograr detenerla. Esquivé a un motorista despistado y me golpeé contra uno de los coches aparcados, lo que ralentizó mi marcha y dejó el Rodrigo de Wissemann un paso más cerca de la chatarrería.
Me pareció escuchar un aleteo por encima de mi cabeza. Un helicóptero. Pero nosotros, la policía, no teníamos helicópteros en Albaville. Mi cabeza zumbaba como un avispero en llamas.
El Renault giró sobre sí mismo en un trompo al tomar la rotonda del paseo —otra más, diablos—, pero enseguida recuperó la estabilidad y continuó huyendo. Si lograba atrapar a Sonia tenía que preguntarle dónde había aprendido a conducir como Collin McRae.
La furgoneta circulaba justo detrás de ella, sin que nada ni nadie, ni tan siquiera los baches, fueran capaz de detenerla.
Yo seguía demasiado lejos de ellos.
Por el retrovisor vi una pareja de ciclistas de la Policía Municipal que se habían sumado a la persecución, revoloteando entre el tráfico como molestos abejorros. De repente, un enorme socavón en mitad de la vía dio al traste con la carrera de una de las bicis y la hizo caer. El otro agente evitó el hoyo, pero derrapó y volcó, y por tanto, también quedó fuera de combate. Bravo por el asfaltado municipal.
El capó del R-21 comenzó a humear. Perdía velocidad. La furgoneta le estaba sacudiendo como a un saco de boxeo. Habían recorrido más de la mitad del paseo dando tumbos cuando Lara viró bruscamente hacia la derecha y se metió de cabeza en mitad del Parque Lineal.
La Transit la imitó en lo que parecía una maniobra suicida; sus bajos produjeron estelas de chispas cuando éstos rozaron contra el bordillo.
La gente que paseaba tranquilamente tuvo que huir presa del pánico cuando perseguidor y perseguido desembocaron en mitad del paseo levantando estelas de humo y polvo.
Yo di un volantazo para evitar llevarme por delante a un grupo de confusos adolescentes en un paso de cebra y tuve que desviarme. Corría en paralelo a ellos en dirección al cruce del cementerio.
Entonces, choqué frontalmente contra un contenedor de escombros demasiado despegado de la acera y ahí terminó para mí la persecución.
Sonia Lara tampoco tuvo mejor suerte y al abandonar el paseo del parque se estrelló contra un coche que circulaba en sentido contrario. Acabó deteniéndose a unos cincuenta metros de mí, con el coche destrozado.
La furgoneta frenó haciendo un trompo junto a ella.
Me había golpeado contra el volante, abriéndome una ceja que sangraba copiosamente. Un traumatismo más para la colección. Aturdido, cogí la pistola y Forcejeé con la puerta para salir al exterior. Al abandonar el coche, vi como sacaban a la mujer del accidentado vehículo y la subían a la furgoneta.
Una espesa nube de humo negro brotaba del Renault 21. La Transit arrancó con su prisionera en la parte de atrás.
Disparé, a pesar de que veía doble, y fallé. Me caí al suelo y no me moví hasta que todos los coches de policía de Albaville frenaron a mi alrededor, tres minutos después.