miércoles, 15 de octubre de 2014

33. Aprietos

—Tengo un revólver para usted.
Bastaron estas palabras para que Monje me abriera las puertas de las oficinas de apartamentos 22. El proxeneta estaba entre cabreado y aterrorizado. Conocía de sobra lo que acababa de ocurrirle a Wissemann y debió presuponer que mi presencia no podía significar nada bueno. Pero quería la pistolita de plástico del sheriff, y a pesar de todo, estaba dispuesto a recibirme. Su gorila se había esfumado, aunque supuse que no debía andar muy lejos.
Monje, con su cara congestionada en un ceño fruncido, se asemejaba más que nunca a un abad dominico preocupado por las misteriosas muertes de sus correligionarios. Le apunté con el arma del playmobil y sus ojos destellaron de deseo.
—¿Quién es Angelina?
—¿Eh?
—En la lista que le pasó a mi compañero no aparece. Usted se la pasó a Ocaña al menos en tres ocasiones. Ahora mi compañero está muerto. Angelina. ¡Espabile, joder!
—Sí, claro… —Monje dio un respingo, pero no apartaba los ojos del mini revólver—. Espere un segundo… Debe referirse a Miguela. Miguela Ortiz, estoy seguro de que la incluí en el listado que me pidieron… Le llaman Angelina porque se parece mucho a Angelina Jolie, pero su nombre real es Miguela… No vive aquí, es de un pueblo de Murcia, ahora no recuerdo cuál. Trabaja toda la zona de Levante. Miguela Ortiz, inspector… Su teléfono, deje que lo mire un momento…
Busqué en el bolsillo de la chaqueta la hoja con las de prostitutas de Wissemann y busqué ese nombre. En efecto, ahí tenía a la tal Miguela y su número de móvil. Mientras Monje tecleaba en su ordenador, marqué aquellos dígitos en el teléfono de Wissemann. Estaba apagado. O fuera de cobertura. O quizá en el fondo de una zanja junto a un cadáver.
—¿Trabaja ella por su cuenta? —pregunté, disparando a ciegas—. ¿O tiene que rendirle cuentas a usted siempre que viene a Albaville?
—¿Quiere decir si Angelina viene a la ciudad a trabajar por libre? No lo creo. Ella está en plantilla, por así decirlo, de la organización. Va donde la mandan. Supongo que podría hacerlo, pero no le convendría…
—¿Organización? Traficantes de personas, más bien. Los chuloputas que se creen empresarios como usted me dan arcadas —estaba subiendo la voz, y tuve que esforzarme por contenerme y no hacerle tragar la puta pistola de juguete—. Pero al menos me va a ser útil hoy. ¿Cómo funciona esto? ¿Alguien le llama y le pide una puta en concreto, y usted avisa a otro mierda como usted, y se la envían, o qué?
—Algo así, sí… — Monje temblaba—. En casos muy concretos, y sólo con determinados clientes.
—Genial. Entonces, seguro que tiene en ese cacharro una base de datos con todos los trabajos que ha hecho Angelina en Albaville, ¿a que sí?
Ya no miraba el arma del muñeco, sino a mí, y lo que veía en mi cara lo acojonaba hasta el punto de hacerle estremecerse como un plato de gelatina en una hormigonera. Tuvo que introducir el nombre de Angelina, o Miguela, en su ordenador hasta tres veces para hacerlo correctamente.
—Aquí…
—Imprímalo, joder.
El ruido marciano de la inyección de tinta sobre el folio llenó todo el despacho, generando un malsano suspense. Noté la presencia del guardaespaldas de Monje detrás de mí, pero no se acercó. Traje Gris mantuvo las distancias y permaneció junto al quicio de la puerta. La máquina vomitó el papel impreso y Monje me lo alargó con su temblequeante mano. Me senté en una de las sillas que había frente al escritorio del proxeneta, y saqué la agenda de Ocaña para cotejar las fechas. En efecto, estaban las tres visitas al piso, que Monje había identificado simplemente con una «O», junto a la dirección del piso franco y las cantidades (de tres cifras) que había cobrado por cada servicio. Había una cuarta cita, también en la ciudad, aproximadamente un mes después de la última, sin más datos que otras señas y un pago más que generoso.
—Inspector… —balbuceó Monje.
—Este último trabajo. Quién es.
—No… No lo sé.
—Y una mierda. ¿No acaba de decirme que éste es un servicio sólo para ciertos clientes? Clientes VIP, supongo. Tipos que pueden permitirse estos precios… No me lo trago, Monje.
—Mire, inspector Laespada. Si se lo digo, mañana a estas horas estaré muerto —Monje estaba aterrorizado. Un terror genuino, profundo, oscuro, superior a sus ansias de coleccionista y al miedo que yo podía infundirle—. Todos en esta oficina estaremos muertos. Puede que ya esté condenado sólo por imprimirle esa hoja…
Me guardé todos los papeles. Dejé el revólver de plástico encima de la mesa y me puse en pie. Cogí el pisapapeles que Monje tenía delante del teclado —una especie de semiesfera de mármol rosado— y, con un giro de cintura, se lo lancé a la cabeza a Traje Gris. Acerté de lleno. El guardaespaldas, inconsciente, cayó fulminado de espaldas contra la pared. Antes de que tocara el suelo ya había agarrado por el cuello a Monje y lo había atraído hacia mí por encima del escritorio, derribando el monitor y la mitad de los enseres que había en el tablero.
Su cara se amorató en apenas unos segundos. Sus babas salpicaban mis manos entre jadeos, pero no aflojé la presa. Pataleaba, cada vez con menos fuerza, en tanto sus ojos se desorbitaban, incrédulo. Se meó encima. Yo tenía los dientes tan apretados que notaba cómo empezaban a astillarse.
—Escucha bien, hijoputa —mascullé—, vas a decirme quién es el putero, o te juro que te mato, aquí y ahora.
Monje parpadeó a modo de asentimiento.
Ya dije que estaba muy furioso.

miércoles, 8 de octubre de 2014

32. Google lo sabe

Quién había hecho esto. Era la pregunta del millón que se hacían todos. Como era de esperar, no se encontró ni rastro del tirador. Toda la ciudad estaba en alerta, acojonada ante la posibilidad de que una bala podía saltarte la tapa de los sesos en cualquier momento. La noticia irrumpió en todos los medios, desatando millones de especulaciones de todo tipo. Se preparaban ruedas de prensa y operativos de busca y captura; se movilizaba a todo dios. Los teléfonos no cesaban de sonar en comisaría, mientras se sucedían las carreras por los pasillos, de un despacho a otro, como si el edificio fuera un hormiguero en llamas. Pero nadie sabía nada y yo no pensaba abrir la boca porque quería la venganza para mí solo.
Una vez se cercioraron de que no estaba herido, me dejaron adecentarme —alguien me dejó una camiseta— y volver a mi mesa, donde me olvidaron durante un buen rato. Mi móvil no dejaba de sonar, así que lo apagué. En oleadas, vinieron primero a verme, como si fuera un animal exótico. Tardaron en dirigirme la palabra, o quizás yo no había podido oírles antes. Fueron muy amables conmigo antes de interrogarme por lo sucedido. Creo que contesté mecánicamente, sin revelar nada del caso ni mencionar a Hoffman-Sanz. Estuvimos así una hora, hasta que el comisario Ruescas me ordenó que me fuera a casa. Javi Molina, Rastreator, logró hacerse un hueco entre mis interrogatorios, y le susurré al oído que lo borrara todo, aunque supuse que lo había hecho nada más saber que a nuestro común amigo le habían volado la cabeza. Esperaba que el miedo lo mantuviera con la boca cerrada, al menos durante el tiempo necesario para permitirme trazar un plan.
Por un momento, consideré la posibilidad de contactar con Diana Preston y sus mariachis de la Sección 71 —tenía al menos una veintena de llamadas perdidas suyas antes de desconectar el aparato y meterlo en un cajón—, pero supuse que ellos debían andar también como pollos sin cabeza ante los últimos acontecimientos. Estaba seguro de que serían ellos los que vendrían a mí con más preguntas en breve. Hasta entonces, revelarles mi interés por Hoffman-Sanz sólo me podría las cosas más difíciles, así que, por el momento, seguiría atesorando ese nombre sólo para mí.
Había que estar muy desesperado para llamar así la atención. El secreto que ocultaba Hoffman-Sanz debía de ser muy valioso, pero yo sólo tenía la palabra «indeterminado» para justificar aquel acto brutal y sanguinario. Indeterminado significaba que el detector de reptilianos había fallado hasta tres veces con él. Pero Ocaña apuntaba como negativo los resultados que revelaban que el sujeto era simplemente humano. Así que, o aquel mejunje no funcionaba con Hoffman, o éste no era ni humano ni reptiliano.
En lugar de ir a casa, cogí un taxi y fui a la biblioteca. En sus ordenadores, libres del troyano que boicoteaba nuestros equipos, indagué acerca del fulano de mis desvelos.
Ahí estaba, en internet, Leandro Hoffman-Sanz. 62 años, natural de Badama (Albaville). Empresario agrícola, propietario de una de las mayores fincas de la provincia dedicada al cultivo de cereales. Consejero de la Caja Rural, de la principal aseguradora rural de la región y de algún organismo más siempre en relación con el sector agrícola, además de vicepresidente del Consejo de Administración del Consejo Agricultor de Castilla-La Mancha (CACM). Con varios premios institucionales en su haber, pero sin destacar demasiado, mantenía un perfil medio-alto que tanto gusta a los reptilianos. Todo un prohombre al que parecía imposible achacarle un secuestro y un asesinato. La única noticia, que no era tal, en su contra era un artículo de opinión en un blog ecologista sobre la estrecha relación entre el CACM y la Corporación Monsalvo, dedicada a los transgénicos. Según el autor del texto, el Consejo Agricultor promovía desde hacia cinco años entre los agricultores de la región los programas de mejoramiento de cultivos resistentes a los herbicidas y las plagas diseñados por la polémica corporación americana, y daba como dato que el propio Hoffman-Sanz dedicaba la mayor parte de su producción a este tipo de cultivos.
Todo aquello no tenía demasiado sentido para mí. Miraba las fotografías de Hoffman y sólo veía a un empresario que se conservaba bien, a pesar de la calvicie y las gafas, que no ocultaban un brillo de inteligencia en sus ojos. Tenía el dinero necesario para pagar lo que quisiera, incluidos unos sicarios sin miedo a secuestrar a una sospechosa, ni a disparar frente a una comisaría de policía y poner en alerta roja a toda una provincia, desde luego, pero me costaba imaginar cómo lo habría hecho.
Tampoco entendía qué le habría llevado al piso de Ocaña hasta en tres ocasiones. «Angelina», decía el cuaderno del subcomisario. Si esa Angelina era su debilidad, quizás pudiera aprovecharme de ello. Wissemann había estado investigando las prostitutas que Monje le cedía a Ocaña, si ésta estaba en la lista tenía medio camino hecho. Eso, si seguía con vida, porque visto que Hoffman-Sanz parecía dispuesto a eliminar todos los cabos sueltos, cabía la posibilidad de que la chica no fuera más que pasto de los gusanos a estas alturas.
El tiempo estaba en mi contra, así que corrí.

miércoles, 1 de octubre de 2014

31. El ruido y la furia

La cara de pájaro de Wissemann estalló ante mis ojos. No oí el disparo, pero sentí la bala silbar a mi lado después de atravesar la cabeza del pelirrojo. Una abrasadora mezcla como metralla de cerebro, esquilas de cráneo, dientes, sangre, trozos de lengua, parte de la nariz y un globo ocular me golpeó por entero. Me tiré del banco a tierra, mientras el cuerpo decapitado de Wissemann se tambaleaba, sin decidirse a caer. Tenía la mitad de su cara en mi cara, un macabro emplaste cálido y dulzón que apenas me dejaba entreabrir los ojos. Los intestinos y la vejiga de Wissemann se vaciaron de golpe, oscureciendo los pantalones. Por fin, las rodillas cedieron y el cuerpo se derrumbó sobre un costado, gorgoteando plasma escarlata como una fuente.
Un francotirador.
Estaba aterrado. A punto de cargarme también encima. Mi mano llegó a la pistola. Agudicé el oído, pero no escuché nada. Me incorporé de un salto, corrí hacia la izquierda, buscando la cobertura de los árboles. Nadie me disparó. Grité. Grité como loco a todo el mundo que estaba por los alrededores. La gente echó a correr, supongo que más acojonados por un tipo armado y cubierto de grumos sanguinolentos que por la posibilidad de que hubiera un francotirador apostado en alguna parte. Me limpié con la manga, extendiendo los restos de Wissemann por más partes de mi anatomía. No veía nada sospechoso en los balcones de enfrente ni en los tejados. Tampoco veía ningún furgón ni nada parecido.
Algunos compañeros corrían hacia mí, ignorando el peligro. Me giré para advertirles, pero entonces me di cuenta de que me estaban apuntando con sus armas reglamentarias. Creían que yo le había disparado a Wissemann. Solté el arma y levanté los brazos. Sólo hubiera faltado que un poli me pegase un tiro.
El móvil de Wissemann comenzó a sonar.
A uno de los agentes que venía hacia mí fue alcanzado en una pierna.
—¡Francotirador! —grité con todas mis fuerzas.
El otro policía fue más inteligente. Frenó en seco su carrera y se arrojó cuerpo a tierra. Esperé que se le ocurriera informar por radio. Yo volé hacia el cadáver de Wissemann y busqué en sus bolsillos el teléfono, que no dejaba de sonar. El aire se llenó del olor metálico de la sangre y de los alaridos de las sirenas.
Hubo otro disparo. Éste sí que se oyó muy bien. Un taponazo seguido de una rama de platanero que cayó al suelo a mi espalda. El francotirador debía haber quitado el silenciador. Estaba avisando a los demás de su presencia, manteniendo a raya al resto de policías.
Estaba dándome tiempo a contestar.
—¿Sí? —dije, notando cómo tenía algo en la boca, polvo o quizás un trozo de mejilla de mi colega.
—Señor Laespada, no tenemos mucho tiempo. Ya ve que esto va en serio. Quiero los papeles de Ocaña. Sin juegos, ni trampas, ni hostias. Los papeles y todas las copias que hayan hecho. Todo. Si no mataré a Sonia Lara de la forma más terrible que se me ocurra, luego volaré la comisaría con todos dentro y después iré a por usted. Le haré desear haber sido usted el muerto de hoy. Volveré a llamarle dentro de una hora.
Y colgó.
Aguanté cinco minutos tirado sobre el cuerpo sin vida de Wissemann, luego me incorporé y volví a buscar al francotirador, pero éste debía haberse ido en cuanto quien fuera que me había llamado dio por concluida la conversación. A mi alrededor se había desatado el caos. El tiroteo había generado un torbellino de luces y sonidos que embotaba los sentidos hasta la arcada. Resistí al vértigo del shock como pude, pero mis pulsaciones desbocadas retumbaban en mis oídos como tambores de guerra. Alguien me habló, pero no podía ver más que formas que se volvían borrosas. Una mano desconocida devolvió mi arma a su funda. Otros me condujeron hasta una ambulancia, en tanto cubrían el cuerpo de Wissemann con una manta térmica. Me hablaban, me decían cosas a las que no hice ni puñetero caso. Sólo notaba el peso del teléfono móvil de Wissemann en el bolsillo de los pantalones y apretaba los dientes hasta astillármelos.
Lo que realmente deseaba era dejarme caer en una camilla, que me inyectaran Valium en vena hasta dejarme sumido en un profundo sueño durante una semana, o diez días. Aunque, claro, no podía ser. Y no porque me importase mucho la amenaza del tío del móvil —supongo que sería Hoffman-Sanz—; por mí podían darle mucho por saco a Sonia Lara, a Albaville y a toda esta puta dimensión de tarados. Pero, joder, tenía la mitad de la cabeza desmigada de mi colega encima de mí, mezclándose con mi ropa, mi sudor, mi saliva, con el aire que respiraba… No, era porque estaba furioso. No simplemente cabreado. Furioso a nivel Hulk. Furioso a nivel diccionario. 1. adj. Poseído de furia. 2. adj. Loco, que debe ser atado o sujetado. 3. adj, Violento, terrible.
FU-RI-O-SO.